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Desmontando los mitos del  Siglo de Oro 

El Museo del Prado plantea una exposición europeísta que muestra las semejanzas entre españoles y holandeses durante el siglo XVII; un recorrido cargado de obras maestras que huye del «relato nacionalista» y las escuelas planteadas por la historiografía moderna, para fijarse únicamente en la pintura de figuras de la talla de Velázquez, Rembrandt, Frans Hals y Vermeer. ‘El geógrafo’ y ‘La callejuela’ de este último cuelgan por primera vez en las paredes de la pinacoteca madrileña.  


Dos países y dos identidades, pero una misma tradición cultural. Ese es el punto de partida de la muestra comisariada por Alejandro Vergara en el Museo Nacional del Prado. Una exposición que pone en duda la validez de esa división por escuelas y países que los críticos han llevado a cabo desde el siglo XIX, donde a menudo ha primado la identidad y el sentimiento patrio por encima de la pintura (especialmente tras la Guerra de los Ochenta Años que enfrentó a las provincias del Norte y al ejército de Felipe II).

¿Velázquez? «El más castizo de los pintores castellanos», según Miguel de Unamuno. ¿Y Frans Hals? Representante de «un arte como el holandés, absolutamente humano, natural, independiente, nacido directamente del carácter y la vida del pueblo» [que supo romper con la tradición, el Papa y el rey], en palabras del crítico Carel Vosmaer. Este ha sido el relato que habitualmente se ha estudiado en Historia del Arte.

Ahora bien, ¿hay realmente tantas diferencias estilísticas entre el pintor sevillano y el amberino? Si comparamos la pincelada suelta del bufón El primo y los brochazos que Hals aplicó a Retrato de un hombre, por ejemplo, no se aprecian tantas. Al contrario, ambos retratos poseen el mismo naturalismo, semejante manera de perfilar los rostros e igual forma de terminar el fondo con tonos neutros.

Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines quiere llamar la atención sobre estas y otras semejanzas, demostrando que en realidad no hay tanta distancia entre las tradiciones pictóricas de España y los Países Bajos. Para ello, Vergara se ha servido de 72 obras maestras, 17 procedentes del Rijksmuseum –entidad colaboradora especial–, como la soberbia Los funcionarios del gremio de pañeros de Ámsterdam (Los síndicos) de Rembrandt o Vista de casas en Delft (la callejuela) de Vermeer.

Explica el comisario que fue precisamente la contemplación de esta minúscula calleja holandesa por la que asoma una mujer barriendo lo que le hizo reflexionar. «He escuchado durante muchos años que la escuela española y la holandesa son diferentes, pero si comparas esta obra con nuestra Vista del jardín de la Villa Medici en Roma de Velázquez te das cuenta de que tienen sensibilidades parecidas, como el interés por la geometría o su manera de representar las fachadas de los edificios. ¡Cuando Velázquez y Vermeer no se conocieron!», explica Vergara.

Tampoco Ribera y Vermeer, pero ambos coincidieron en su apuesta por representar filósofos antiguos muy terrenales, algunos incluso con las uñas sucias; o Van der Hamen y Van der Ast quienes, desde sus respectivos países, se decantaron por un género ‘secundario’ y minusvalorado como el bodegón, concretamente de flores.

Los mencionados paisajes de Velázquez y Vermeer fueron el germen de este proyecto, tan personal como ambicioso. No en vano condensa gran cantidad de pinturas de altísimo nivel, como los mencionados vermeer, sendos autorretratos de Carel Fabritius y Rembrandt, o Naturaleza muerta con un pastel de pavo (composición de Pieter Claesz que perfectamente puede competir con la perfección de otros bodegones, también presentes en la muestra, firmados por Van der Hamen o Zurbarán).

Se trata de un duelo de maestros, pero el único reto es captar los detalles de todo cuanto se pone ante nuestros ojos: los reflejos casi imperceptibles del aguamanil del bodegón de Claesz, las arrugas en torno al labio de la usurera de Ribera, el libro de cuentas de los pañeros… Porque el montaje está planteado como una clase magistral de pintura europea.

Y es que la «confrontación» entre todas estas obras permite concluir que ninguno de sus autores pretendió expresar una supuesta esencia de su propia nación, sino más bien unos planteamientos compartidos por toda una comunidad paneuropea de artistas. ¿La razón? Ese poso cultural que subyace en cada uno y le permite llegar a las mismas conclusiones, aun estando en diferentes lugares.

Basta con ver cómo se repite la tipología del retrato de 3/4, el realismo con el dibujan los rostros –especialmente los surcos en la frente de los ancianos– o la textura de la pincelada presente tanto en Velázquez y Murillo como en Rembrandt o Jan Steen. En el caso concreto de Mujer bañándose en un arroyo, la joven que se alza el camisón para evitar mojarse parece que sostiene la pintura entera en esos pliegues hechos a «golpes de pincel groseros».

Un alarde de pinceles y composiciones que culminó, en dos países distintos, con una misma épica de esplendor artístico: el Siglo de Oro, tanto para los Países Bajos como para España. Descúbranlo en el Museo del Prado hasta el 29 de septiembre. Después, el Rijksmuseum holandés hará su propia propuesta en torno a este asunto tan proeuropeista, con el préstamo excepcional de 14 obras de nuestro primer museo.  Sol G. Moreno

*Más información en el número ARS43, que saldrá a la venta la semana que viene.

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