De mansión de fiestas con Chaplin a casa de espionaje nazi
El palacete, conocido como Trent Park House of Secrets, ha pertenecido a un doctor, a un famoso banquero, a un coleccionista de arte y, durante la Segunda Guerra Mundial, al gobierno británico, que lo utilizó en sus estrategias de espionaje. Ahora, después de años de abandono, se ha convertido en un museo que recrea cómo fue en el pasado.
Trent Park House es una mansión situada en Enfield, al norte de Londres, que fue construida en la década de 1780 por el médico Sir Philip Jebb. Recibió el solar del rey Jorge III como pago por haber logrado curar a su hermano y decidió encargar el diseño al arquitecto William Chambers, conocido por realizar la Somerset House.
A pesar de sus orígenes regios y de ser un edificio concebido por un autor de renombre, el más ilustre de sus inquilinos no llegó hasta 1912. Fue Philip Sassoon, perteneciente a la poderosa familia de banqueros británicos, quien heredó la casa de su padre Edward, que la había adquirido dos años atrás.
Fue durante la estancia de Philip cuando el palacete se llenó, por un lado, de personalidades como Charles Chaplin, Winston Churchill, T.E Laurence o George Bernard Shaw; y, por otro, de obras de arte. Sasoon era un ávido coleccionista, especialmente de piezas decorativas, por lo que al heredar la casa la convirtió en una residencia de campo, la engalano al estilo georgiano, recuperó elementos arquitectónicos originales que se habían perdido y la llenó de obras maestras, algunas de las cuales han regresado ahora al edificio.
Hasta aquí, la historia de Trent Park no parece distar demasiado de la de otras mansiones lujosas de Londres. No obstante, en la Segunda Guerra Mundial esta construcción jugó un papel clave en las labores de espionaje británicas, siendo el lugar donde se conocieron algunos de los secretos estratégicos más importantes del ejército nazi, como datos sobre las bombas V2 o descripciones sobre los campos de concentración.
Durante la guerra y tras la muerte de Philip Sassoon –fallecido a los 50 años–, el gobierno británico expropió la casa y la destinó a albergar prisioneros nazis de alto rango capturados en combate. En apariencia, se trataba de una residencia lujosa para que los selectos presos gozaran de grandes comodidades, pero lo cierto es que toda la casa era una trampa en sí misma, pues estaba llena de micrófonos: en las paredes, dentro de las lámparas, ocultos entre las estanterías…
Además, en el sótano del edificio, a pocos metros de donde dormían los prisioneros nazis, trabajaban los Secret Listeners, la mayoría refugiados alemanes judíos que se encargaban de escuchar las conversaciones, traducirlas y transcribirlas. Ejecutando por un lado una venganza eficaz, y por otro haciendo real el tópico del cine de terror de casas encantadas, en el que las paredes tienen oídos.
Al terminar la guerra la casa, que ya se había ganado el nombre de Trent Park House of Secrets, pasó a cumplir otra labor muy relevante para la sociedad inglesa del momento: se convirtió en un centro de emergencia para formar a profesores, puesto que muchos habían fallecido en la contienda y la generación más joven, que se encontraba luchando o sufriendo los estragos de la guerra, tampoco había tenido oportunidad de formarse como tal.
Durante las siguientes seis décadas, en su interior se desempeñaron distintas labores educativas, hasta que en 2012 la Middlesex University, a la que pertenecía en aquel momento, dejó la casa y se trasladó a otro campus. Un año después, el edificio fue adquirido por una universidad malaya que quebró antes de poder utilizarlo, por lo que la construcción se sumió en el abandono y el deterioro.
Si finalmente la Trent Park House of Secrets ha acabado convertida en museo más de una década después de su último uso ha sido, en gran medida, gracias a una iniciativa ciudadana puesta en marcha en 2014 que pedía la recuperación del edificio.
El museo, que abrió sus puertas el 21 de julio, se organiza en torno a dos pilares fundamentales: la lujosa mansión georgiana de Philip Sassoon y el pasado de espionaje del edificio. En un recorrido que es al mismo tiempo narrativo y cronológico, el visitante contempla primero las salas principales de las plantas superiores, en las que pueden apreciarse obras como el papel pintado chino original del Drawing Room the Philip Sassoon o las pinturas murales de Rex Whistler, uno de los invitados de honor habituales.
Al bajar, sin embargo, el ambiente brillante y lujoso se torna oscuro. Porque se recrean las M Rooms [Salas de los micrófonos], en las que trabajaban los encargados de escuchar y transcribir las conversaciones nazis, que han sido reconstruidas con material original de la época.
De este modo, una casa que se había sumido en el abandono emerge nuevamente para contar una historia que no es solo suya, sino que resume el siglo XX británico a través de sus muros, sus objetos y los secretos que albergó en el pasado. Sofía Guardiola



