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Cuando la ‘Santa Catalina’ de Caravaggio tenía el vestido rojo

La pintura se vuelve a exponer al público, tras pasar por el taller de restauración del Museo Thyssen-Bornemisza. El estudio técnico y la limpieza de barnices han revelado detalles como el cambio de posición de las manos, modificaciones de la rueda rota símbolo del martirio –que en origen pintó como una circunferencia completa– y el color en los ropajes: un azul violáceo tapa el bermellón intenso inicial.  


Más brillante, mayor intensidad de claroscuro y mejor movimiento en los volúmenes. En definitiva, más viva. La obra maestra de Caravaggio Santa Catalina de Alejandría parece haber ganado exuberancia tras su paso por el taller de restauración del museo madrileño. Allí un equipo de especialistas le ha devuelto la lozanía a esa joven e imponente figura que surge de las sombras.

La modelo, Fillide Melandroni, fue una cortesana de 17 años que posó para el autor milanés en varios ocasiones (aparece también en su Judith y Olofernes, además de en Marta y María Magdalena). Mira al espectador sin ningún pudor  –¿tal vez se dirige al artista?– y tiene la palma en el suelo, como si aún no hubiese tenido tiempo de recogerla. Este detalle, unido a la extraña postura de las manos, parecen indicar que todavía no ha encontrado la manera exacta de colocarse ante el maestro. De modo que la escena se asemeja más a un retrato de la modelo pillada in fraganti que a la imagen de una santa mártir.

Todo en ella resulta sumamente real y mundano. Su belleza, la riqueza de su vestido y su mirada franca debieron de sorprender sin duda al cardenal Francesco Maria del Monte, comitente de la obra. Solo el nimbo dorado de la santa –el primero que Caravaggio pintó en su carrera– dan alguna pista sobre la condición de la mujer representada, una joven noble de Alejandría que murió decapitada por orden del emperador Maximiliano, después de intentar ser martirizada con una rueda con pinchos.

Ahora bien, imaginen por un momento que esta figura vistiese de rojo. El rostro de una cortesana conocida de la época, en actitud tan poco mística y vestida con un color llamativo… ¡Hubiese sido un escándalo, incluso para Caravaggio! Quizá por eso decidió ocultar esas pinceladas iniciales con unos tonos más apagados de azul lapislázuli y azurita. O tal vez fue el propio cardenal quien le ordenó que así lo hiciese.

Lo cierto es que resulta imposible recomponer la historia de lo que ocurrió realmente hace 420 años entre el maestro y su principal mecenas en Roma. Pero gracias a Ubaldo Sedano, director del Departamento de Conservación-Restauración del Museo Thyssen-Bornemisza y a su equipo, el puzzle se completa un poco más.

Caravaggio pintó la Santa Catalina entre 1598 y 1599 sin apenas dibujo previo. Solo unos leves trazos incisos sobre la capa de preparación –sello de identidad del artista– le sirven como guía para ejecutar la figura de la mártir, que en principio tenía los dedos de la mano izquierda más arriba. Después añadió el resto de elementos: la espada, la palma y la rueda. En el caso de esta última, perfiló la circunferencia completa sobre el extremo del lienzo y después cubrió una parte con pinceladas pardas que se confunden con el fondo, hasta conseguir la rueda rota que identifica a la santa.

Estos y muchos otros detalles se pueden descubrir en la muestra titulada Descubriendo a Caravaggio, situada en la sala 11 del museo (hasta el 26 de mayo, después volverá a su sala habitual, la vecina 12). Es una habitación particularmente reducida, pero suficiente para apreciar la obra de forma aislada con un montaje escenográfico de telas blancas y luces tamizadas. Junto a ella, varios paneles explicativos y un vídeo relatan cómo ha sido el estudio técnico y restauración de esta pieza fundamental de la colección permanente, que ha contado con la colaboración de Asisa.

La muestra incluye imágenes radiográficas e infrarrojas que ilustran los aspectos más interesantes del trabajo realizado durante el último año, así como la metodología utilizada por los técnicos. Por su parte, el vídeo proporciona detalles en primerísimo plano que permiten al espectador recrearse en la sutileza de las carnaciones o la delicadeza de las texturas.

En realidad los trabajos de restauración de Santa Catalina de Alejandría se han limitado fundamentalmente a la eliminación de capas sucesivas de barnices que se habían acumulado con el paso del tiempo. Su limpieza ha devuelto la unidad estética a esta hermosa figura encarnada por una modelo que, según Guillermo Solana, pudo ser la causante de la mutilación y asesinato de Ranuccio Tomassoni (el chulo de Melandroni). Pero eso, me temo, es una pieza que aún no ha terminado de encajar en el puzzle de la azarosa vida de Caravaggio. Sol G. Moreno 

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