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CARMEN HERRERA: «Trabajo todos los días, para mí es tan natural como respirar»

El pasado 31 de mayo la abuela cubana del arte geométrico cumplió 105 años. Pensaba celebrarlo con la presentación de una  obra mural titulada ‘Un, dos, tres’ en las calles del East Harlem de Nueva York, pero la pandemia le  ha obligado a esperar. No le importa demasiado, pues ha aprendido a tener paciencia. Tras más de medio siglo trabajando el minimalismo y la abstracción, probó las mieles del éxito en 2004, cuando vendió su primera obra. Conversamos con ella sobre su fascinante vida, su trayectoria artística y su obra, que ahora se cotiza en seis cifras. 


Carmen Herrera (La Habana, 1915) es una artista cubana afincada en Estados Unidos cuya vida parece digna de una novela. Sobrina del cardenal español Herrera Oria, fue la menor de siete hermanos y se crió en el seno de una familia intelectual (sus padres eran periodistas). La artista creció bajo la dictadura de Gerardo Machado, vivió su juventud en el París bohemio de Picasso y finalmente se contagió del ambiente intelectual neoyorquino.

Expuso regularmente en galerías desde los años 1940, aunque no vendió su primera obra hasta cinco décadas después, momento en el que le llegó la fama mundial. Ahora sus pinturas se cotizan por millones y están diseminadas por los mejores museos internacionales. Ajena a todo eso, Carmen sigue trabajando. Su último proyecto es un dibujo para que los chavales del programa Publicolor desarrollen en un mural al aire libre.

*Hábleme de su última obra, el dibujo titulado Un, Dos, Tres de Harlem.

*Fue una propuesta que me hizo Publicolor, una asociación que se dedica a ayudar en las escuelas más pobres y marginadas de Nueva York. La presidenta me pidió que hiciera un mural para que los estudiantes lo reprodujesen en una pared de un parking de coches del East Side Parkway. Ya había colaborado con ellos antes, así que la idea de volver a trabajar juntos en un proyecto solidario me entusiasmó.

*Creo que es una adaptación de Diagonal de 1987…

*No exactamente. Es una variación de un tema al que he recurrido en numerosas ocasiones: el juego entre el blanco y el negro. El lugar donde se va a colocar esta obra suponía un reto, porque es un espacio poco atractivo. Necesitaba algo dinámico para contrarrestar ese ambiente. Ya había enviado el dibujo a Publicolor y los chicos estaban listos para hacerlo cuando llegó la COVID-19; supongo que hasta finales de agosto o septiembre no se reanudarán los trabajos.

*Acaba de cumplir 105 años y sigue produciendo obra. ¿No se ha cansado de trabajar?

*Es cierto que ya no pinto como antes pero sí que intento hacer dibujos. Porque qué voy a hacer si no, ¿morirme? Por las mañanas, después de desayunar, me siento en la mesa que está junto a la ventana. Trabajo todos los días, para mí es tan natural como respirar, lo llevo haciendo casi un siglo. Además, cuando una hace lo que le gusta no lo considera trabajo.

*¿Qué le queda aún por decir en el arte?

*Pues lo mismo que a los 25, los 50 o los 100 años. Creo que los pintores no deben hablar tanto, sino pintar.

«No era nonagenaria cuando vendí mi primera obra [en 2004], tenía 89 años», aclara  Herrera.

*Vendió su primera obra siendo ya nonagenaria, en 2004.  ¿Qué sintió entonces?

*Bueno no era nonagenaria, tenía 89 años… Las compras llegaron un poco tarde sí, pero llegaron, que es lo importante.

*Fue entonces cuando la crítica y el mercado por fin reconocieron su trabajo, ¿no es así?

*Lo que ocurrió en 2004 fue que me introduje en el mundo comercial, pero yo siempre había tenido buena aceptación entre los críticos. Ese año el galerista Frederico Seve había anunciado una exposición con tres artistas mujeres concretistas, pero una de ellas se echó atrás en el último momento. Entonces, mi querido Tony Bechara, que era amigo suyo, le enseñó algunas de mis obras y pasaron a formar parte de la muestra. Coleccionistas como Ella Fontanals-Cisneros, Estrellita Brodsky y Agnes Gund compraron piezas mías.

*Haga memoria y cuénteme cómo fueron sus inicios culturales en Cuba.

*Me crié rodeada de cultura, de modo que la transición al arte fue muy natural. Yo quería estudiar Arquitectura, pero la universidad en la época de Machado era complicada, entre huelgas y manifestaciones. Recuerdo que me reunía con algunos amigos y juntos tratábamos de aprender; mirábamos a Europa y la Bauhaus, comprábamos todos los libros que podíamos. Luego ese interés por la arquitectura me llevó a la geometría minimalista.

*¿Cuándo tuvo su primera exposición?

*Fue en 1937, con apenas 23 años. La organicé yo misma con un grupo de amigos. Como no había galerías en aquella época, decidimos colgar los cuadros de los árboles en el Parque Alvear de La Habana. Tuvo mucho éxito de público. Recuerdo que presenté un Cristo crucificado en una esvástica que hacía referencia al ascenso del nazismo de Alemania.

*Viajó al París de los años 30 y después a Nueva York, donde conoció a mucha gente interesante: Peggy Guggenheim, Sartre, Barney Newman… Cuénteme alguna anécdota de ellos.

*Efectivamente, conocí a Peggy Guggenheim y al matrimonio Barney-Annalee Newman, él era compañero de universidad de mi marido [Jesse Loewenthal]. En Europa coincidimos con el dramaturgo Jean Genet, y Marie Raymond [la madre de Yves Klein] fue amiga y vecina. París era mágico en aquellos tiempos. Recuerdo una anécdota genial de los padres de Klein y es que usaban el mismo caballete. Cada uno se colocaba en un lado con su propio lienzo.

*¿Cómo cree que ha cambiado el mercado del arte, desde que usted empezó hasta ahora?

*El mercado es incomprensible, un ‘misterio envuelto en un enigma’, como dijo alguien. En los últimos años algunos de mis cuadros han llegado hasta los 2,5 millones de dólares y me parece una locura. Pero un artista no debe tratar de tocar ese tema, pues se puede quemar su imaginación o su creatividad. Sol G. Moreno

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