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Calvo Serraller: la huella imborrable sobre la tierra


Con el boato de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y el sentimiento profundo de los actos de esta naturaleza el pasado día 4 de febrero tuvo lugar la sesión necrológica en memoria del profesor Francisco Calvo Serraller (1948-2018), fallecido en Madrid el pasado 16 de noviembre. Ha sido 2018 un año aciago para el arte español. Fallecieron Julio López Hernández, Eduardo Arroyo, Darío Villalba, Miguel Ángel Campano… Precisamente la intervención postrera del profesor Calvo Serraller en la Academia se produjo en el homenaje fúnebre a Darío Villalba que tuvo lugar el 29 de octubre. Unos días después, el profesor, muy deteriorado ya, participaba en el acto dedicado en el Museo Nacional del Prado a Manuela Mena. Su deslumbrante intervención de aquel día está consignada en el programa editado por el Museo y será a partir de ahora lectura obligada para todos los amantes del arte.

El profesor Calvo Serraller fue un académico activo y entregado. Se registran en los anales de la institución 589 intervenciones suyas, incluidos discursos, laudatios y colaboraciones. Ha dejado en la Real Academia la misma impronta del sentido del deber que le acompañó en su querida docencia universitaria, en su fecundo y prolongado servicio al Museo Nacional del Prado y en el liderazgo que ejerció, desde su creación, en la Fundación de Amigos del Museo. Siempre estaba ideando proyectos, libros, actos y viajes, entre ellos, los aún recientes y muy recordados viajes culturales a Dresde y a Colonia, en las que tuve el privilegio de acompañarle.

En una laudatio emocionada, el lúcido y longevo Antonio Bonet Correa, director honorario de la Academia, recorrió uno por uno los múltiples méritos de profesor. Trabajador incansable, autor de una bibliografía que impresiona, fidelísimo amigo, amante de todos los placeres intelectuales que la vida brinda y también de algunos placeres terrenales exquisitos. Como historiador del arte, Calvo Serraller fue miembro prominente de la nueva generación de aquellos historiadores españoles que protagonizaron el cambio de orientación de la historiografía del arte en nuestro país, que tuvo lugar a partir de 1972. La transición desde el positivismo formalista seudocientífico que imperaba hasta entonces a una interpretación sustantiva del arte como expresión de la historia y de la civilización, vinculado siempre al resto de ciencias sociales, la filosofía la sociología y la literatura. Al Derecho también, a cuyo respecto la referencia que siempre evocaba era la del insigne Julián Gállego.

Como crítico de arte supo infundir imaginación, vida y brillantez a una actividad reseca y estereotipada. Crítico en su raíz griega es el que separa lo bueno de lo malo, y el profesor Calvo Serraller supo hacerlo desde su posición insobornable, tan alejado como estaba de intereses materiales y vicios del oficio. Fue –como Gömbrich, Longui, Chastel, Berger, Richardson y solo algún otro–, mucho más que un gran scholar siendo en nuestro país el número uno entre todos ellos. Pocas veces se ha dado una convergencia tan feliz entre el historiador y el crítico ni una visión de conjunto, como la suya, del arte de todas las épocas. Del arte y de los artistas, porque Calvo Serraller supo estar cerca e incluso, en casos señalados, detectar antes que nadie el talento emergente de algunos grandes artistas españoles contemporáneos. Supo además acercar el arte, a través de una poderosa capacidad de comunicación y de pedagogía, a todos los públicos ante los que ejercía la ceremonia mágica de la palabra y él desvelaba los secretos ocultos de las obras.

Mas allá de una biografía intelectual particularmente intensa, fue un hombre de su tiempo, original, sagaz y enormemente curioso. Ya escribimos en otra ocasión que fue y mantuvo siempre la condición de joven insurgente, atrevido y un punto rebelde de aquellos que hicieron posible la añorada Transición española y la inolvidable década de los 80.

Este gran caballero español, elegante, seductor, admirado y laureado, supo afrontar sus últimas semanas –Blanca Muñoz a su lado desde tantos años atrás– desde la serenidad del filósofo estoico y con el aura que rodea a quienes han tenido una vida fecunda, responsable y coherente y son conscientes de la llegada de la hora, de esa vuelta sosegada al humus, a la humildad de la tierra, como nos dijo en su colaboración postrera para El País. Rafael Mateu de Ros

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