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Afinidades circulares entre Marcel Duchamp y Jeff Koons


El pasado año se celebró en la Fundación Jumex Arte Contemporáneo de México una exposición inédita y de gran interés para el devenir del arte: Apariencia desnuda: El deseo y el objeto en la obra de Marcel Duchamp y Jeff Koons, aun, comisariada por Massimiliano Gioni, director del New Museum de Nueva York y director de la Nicola Trussardi Foundation en Milán, que reunió algo más de 80 obras para confrontar la trayectoria de dos creadores seminales: Marcel Duchamp (Blainville-Crevon, 1887- Neuilly-sur-Seine, 1967), quizá junto a Picasso el artista más influyente del siglo XX; y Jeff Koons (York, Pensilvania, 1955), un artista integral y uno de los más reconocidos en las cuatro últimas décadas. Aunque se le ha vinculado mucho a la trayectoria de Andy Warhol, el creador de Conejo dice: “Creo que la gente debería echar la vista aún más atrás y vincular mi obra hacia Duchamp, en lugar de quedarse en Andy [Warhol]”.

Con motivo de esa exposición la editorial Phaidon, en colaboración con el museo mexicano, ha publicado un catálogo que recoge la visión poliédrica de ambos creadores, bajo la dirección editorial de Gioni y el prisma de 11 directores y conservadores de museos, historiadores, académicos y críticos tan relevantes como  Natalie Bell, Daniel Birnbaum, Thomas Girst, Dorothea von Hantelmman, Adina Kamien-Kazdhan, Helen Molesworth, María Minera, Francis Naumann, Laurent de Sutter, Calvin Tomkins y Chris Wiley. En el libro, profusamente ilustrado, se explora la conexión, con sus diferencias y afinidades, de dos personas alejadas en el tiempo pero que cuestionaron la función de los objetos y la fascinación por los bienes de consumo. Ambos desarrollaron una filosofía personal sobre el deseo y el gusto y sobre todo han sabido proponer nuevas formas de pensar el arte y el ego.

La estructura de la publicación está alineada con el concepto expositivo y así podemos ir admirando visualmente los legendarios ready-mades de Duchamp de su edición de 1964 como Rueda de bicicleta, Portabotellas y Fuente, entre otros; así como las conocidas piezas de Koons: Conejo, Perro globo, Luna, Play-Doh, junto a otras seleccionadas de sus series Lo nuevo, Banalidad, Hecho en el cielo, Celebración y Antigüedad. Muchas de esas obras suponen una yuxtaposición entre lo monumental y lo minúsculo; la copia y el original; y las diferentes definiciones sobre el deseo proyectado en esa interacción entre el objeto y el yo.

En el texto introductorio Massimiliano Gioni esboza con brevedad la intención de la publicación: ahondar en las elecciones afines de Duchamp y Koons; lo conceptual en ambos; la evocación de lo que Duchamp denominaba la «cointeligencia de contrarios»; examinar el modo en que el artista participa en las nuevas economías del deseo, incipiente en Duchamp, y con la producción en masa en los tiempos de Koons, lo que les llevó a definir una filosofía individual que ha irradiado en artistas posteriores. Y concluye diciendo que el título elegido: Apariencia desnuda, se inspira en el estudio de la obra de Duchamp realizada por el poeta mexicano Octavio Paz: » las apariencias y las apariciones al desnudo en una partida de ajedrez entre la esencia y la superficie».

El primer capítulo del libro La erótica de las cosas incluye un texto de Natalie Bell, curadora adjunta del New Museum de Nueva York, que analiza cómo la publicidad y el modo de presentar los objetos artísticos inducen el deseo y moldean la concepción pública del gusto y «dan lugar al dilema de la elección en el consumidor». Mientras para Duchamp «la dimensión erótica del consumismo es un encuentro placentero en el que los escaparates o las vitrinas seducen al espectador mostrándole el desnudo, tras un cristal, su objeto de deseo», Koons «acepta y celebra el modo en que el espectador experimenta el deseo, el placer y el ego, eximiéndolo de los juicios del gusto y satisfaciendo sus sueños de movilidad social».

Continúa con un interesante texto de Helen Molesworth, Rrose Sélavi se va de compras, que analiza desde el alter-ego femenino de Duchamp- convertida en una marca –  los ready-mades del creador francés en dos períodos diferentes, los de la década de 1910 y años posteriores, y los de la posguerra mundial, en la segunda mitad de los años 40. La marca de Rrose Sélavy proviene de un retrato que le hizo Man Ray a Duchamp como posteriormente en Belle Haleine, Eau de Voilette , 1921, porque como sugiere Molesworth «en la cultura de consumo, una de las consecuencias de los límites entre las personas y las cosas es que aquello que compramos y elegimos acaba por definirnos».

Y para concluir la colaboración de la historiadora del arte Dorothea von Hantelmann que versa sobre Espíritus seculares: producción, consumo y trascendencia, y el artículo de Daniel Birnbaum, director de Acute Art en Londres, titulado Bella y desnuda: la banalidad y lo infralino, donde junto a Duchamp y Koons aparece la siempre interesante aportación para el arte que supuso Warhol en la mirada del arte contemporáneo. Como sugiere Birnbaum «la dimensión intrafina que separa lo banal de lo banal transformado no puede definirse» y para ello cita a Borges en ese vademecum sedoso descrito por Borges en la nota a pie de página al final de La biblioteca de Babel y que de algún modo enlaza con el misterio que siempre desprendían los ready-mades de Duchamp.

En El atractivo sexual de lo inorgánico, vemos cómo los dos artistas han sabido usar artefactos mecánicos y productos tecnológicos que no dejan de ser metáforas sobre el cuerpo humano, la sexualidad y los engranajes del deseo, a través de piezas como La novia puesta al desnudo por sus solteros (El gran vidrio), 1915-1923, o la erótica de electrodomésticos más comunes en Koons en la serie Lo nuevo, donde  nuevas aspiradoras Hoover, selladas en vitrinas de acrílico y bañadas con luz fluorescente blanca, son objetos intactos de deseo, relacionados conceptualmente con El gran vidrio de Duchamp.

Y junto a la reproducción de muchas de esas obras una interesante entrevista de Gioni a Jeff Koons, en la que van repasando su primer contacto con Duchamp; su relación con el arte objetivo y sus primeros años en Nueva York, un período esponja en la vida de Koons; su rol como consumidor, algo que no tiene muy desarrollado porque se conforma con disfrutar de la contemplación; la identidad como medio en la relación con el consumo; el territorio de la ambición;,la autoaceptación; y saber cómo hay que cuidar al espectador del arte contemporáneo. Además el artista norteamericano confiesa que muchos de sus cuadros como Hecho en el cielo están realizados a máquina y luego comenzó a pintar a mano como en Celebration y más tarde experimentó al añadir capas encima. Y le explica a Gioni que no le gusta nada cuando se habla de su estudio como una fábrica, porque su objetivo no es producir piezas en serie y concluye: «todo el trabajo está orientado a no defraudar la confianza del espectador, es una forma de cuidarlo».

El ecuador del libro gira en torno a Vicio sin fin o las anatomías del deseo, que toma su título de un dibujo satírico de Duchamp fechado en 1909, porque el eros recorre transversalmente muchas de las obras de Koons y Duchamp, asociado a la creatividad y el placer. El profesor Laurent de Suter en su breve ensayo nos habla de la vida libidinosa de las cosas y en concreto de obras como Hecho en el cielo y La novia puesta al desnudo por sus solteros, que toca aspectos del fetichismo comercial y del artístico o del pragmatismo.  Por su lado, el académico experto en dadaísmo neoyorquino, Francis Naumann, desgrana el grado de influencia que la obra de Duchamp ha tenido en muchas piezas de Koons, porque es evidente que el norteamericano conoce muy bien la historia del arte y a pesar de vivir momentos diferentes, los vínculos y diálogos de unos artistas con otros se establecen en ese razonamiento circular que une a los grandes del arte, tanto por los ready-mades como en  Étant donnés, obras que inspiraron mucho a Koons.

El penúltimo capítulo versa sobre la Autodenominación y contiene una larga entrevista de Gioni a Calvin Tomkins, redactor de la prestigiosa revista New Yorker, en la que recorren la biografía artística de Koons, su gran capacidad para reinventarse y su particular relación con Duchamp, así como los juegos de seducción de este último para concluir afirmando que «Koons el predicador termina alejándose mucho del escéptico Duchamp». Chris Wiley ahonda en esa misma idea en su texto Grandes farsantes, al subrayar dicho escepticismo y señalar que Warhol fue al final un artista de los negocios, mientras Koons ha acabado por convertirse en el mesías artístico de una nueva religión.  Y la crítica María Minera analiza los fallidos viajes a México y sus dos estancias en México del gran creador francés  en 1957 y 1965, así como su amistad con Frida Kahlo y su relación con algunos surrealistas  europeos o mexicanos.

Y el quinto, Inocencia y corrupción, recoge retazos de varias entrevistas que le hizo entre 2007 y 2011 la curadora Adina Kamien-Kazhdan al poeta y marchante italiano Arturo Shwarz, buen conocedor y admirador de la obra de Marcel Duchamp al que conocía desde 1953 y a quién dedicó cinco exposiciones hasta 1975. «Para mí Duchamp era el gran maestro del arte del siglo XX… , los ready-mades son algo verdaderamente fantástico, muy importante. Poder reconocer en un objeto común, con sólo ponerle un título o sacarlo de contexto, que algo es una obra de arte es verdaderamente maravilloso».  Y como colofón la aportación de Thomas Girst, escritor y curador, en Duchamp después de Koons, en las que con una mirada reflexiva plantea cuestiones cómo la crítica que hacía Duchamp al arte rápido porque pensaba que «las cosas de importancia en el arte siempre deben reproducirse despacio»; sobre un aspecto en el que coinciden ambos: el arte no necesita traducción y el espectador aporta a cada obra su interpretación independiente hasta completarla; las referencias visuales y conceptuales de Koons y su herencia del pasado; y del legado a las generaciones a las generaciones futuras cuando Koons ya lleva varias décadas triunfando, bajo el influjo que Duchamp ha tenido en su carrera: «tendremos que esperar a saber qué piensa el único público por el que Duchamp mostró algún interés: el de la posteridad». Julián H. Miranda

* Apariencia desnuda. El deseo y el objeto en la obra de Marcel Duchamp y Jeff Koons, aun.

Phaidon. Tapa dura. 240 páginas

PVP: 59,95 euros

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