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Jean Nouvel y los templos del arte

El arquitecto francés ha encontrado en el diseño de museos la libertad necesaria para llevar a cabo algunas de sus ideas más ambiciosas. La construcción de espacios destinados a la cultura se ha convertido en un reducto para que la arquitectura más conceptual y arriesgada encuentre su lugar en nuestras ciudades. El problema puede aparecer cuando no solo existe una competición entre contenido y continente, sino que la colección albergada queda eclipsada totalmente por un edificio-escultura.


En el número 39 de ARS, Alex Vicente utilizó la acertada expresión “templo del arte” para referirse al recién inaugurado Louvre de Abu Dhabi. Durante buena parte del siglo XX, se combatió la idea del museo como lugar sacrosanto de la cultura: unos querían que fuese campo de batalla, otros, simplemente, que ardiese, pero el sentimiento general era de necesidad de un cambio. Así, algunos de los proyectos arquitectónicos más excitantes quisieron romper los moldes de lo que un “museo” significaba tradicionalmente. La eliminación de las escalinatas de acceso –llevando el museo a pie de calle– la demolición de la fachada tradicional y la lógica de planta, fueron las ideas que dieron forma a los nuevos museos del nuevo tiempo.

En los albores del cambio de siglo este paradigma viró ligeramente. La democratización no era tan rentable como la gentrificación. Y, aunque estos edificios siempre habían aspirado a destacar en el entramado urbano, pasaron a ser puntos focales no solo localmente, sino a nivel global.

El Louvre de Abu Dhabi es un icono. Lo era ya antes de que se terminase su construcción. Su perfil es inconfundible, y la espectacularidad de sus espacios ha recorrido el mundo entero gracias a las redes sociales de sus visitantes (entre otros canales). Pero, ¿qué obra de su colección lo iguala en relevancia? ¿está el templo vacío de contenido?

Cuando hablamos de museos de carácter internacional, lo habitual es que los relacionemos con una obra –o más–  que forma parte del imaginario colectivo y que supone el principal atractivo para el visitante primerizo. El Prado tiene Las Meninas y El Jardín de las Delicias, el Louvre La Gioconda, El MoMA toda la historia del arte “tradicional” del siglo XX… Todos ellos pueden contar con un entorno arquitectónico llamativo y destacable, pero existe un equilibrio con el interior.

En Emiratos eran, evidentemente, conscientes de este paradigma. No es de extrañar que se sumergiesen en una de las compras de arte más discutidas de la última década, con el extravagante récord alcanzado por el Salvator Mundi de Leonardo (¿acaso el intento de manufacturar un icono?). Todos los problemas acontecidos han ralentizado inevitablemente el proyecto, pero no se trata de un caso único.

Durante las últimas décadas, han aparecido por todo el mundo espacios contenedores de arte que son inmensamente más reconocibles por su exterior que por aquello que custodian. Las ciudades han apostado más que nunca por la espectacularidad de monumentos que pueden ponerlas en el mapa de los destinos turísticos más deseados. Este mensaje ha calado tanto que hoy en día lo habitual es que nos encontremos con proyectos museísticos que se preocupan más del carácter escultórico del resultado que por cualquier otra consideración.

El deseo por establecer un destino más dentro del recorrido cultural mundial lleva a los promotores a comenzar un proyecto sin que exista un conjunto de base que justifique la creación de un museo (más allá de la turística). Las ansias de crear una identidad nacional propia, separada del petróleo, fue una de las motivaciones para la construcción de esta sede subsidiaria del Louvre.

La competencia entre edificio y colección también puede estar motivada por la ausencia de una codificación arquitectónica. Durante los siglos en los que se abrazó el lenguaje clásico en la construcción, la combinación podía buscar la novedad y la sorpresa, pero los elementos aislados eran familiares y reconocibles. Las Academias, siendo el gran igualador de todas las manifestaciones artísticas, fueron grandes responsables de desterrar todo lo diferente y “chocante” de los grandes proyectos.

En el mundo en el que vivimos, en el que la norma es la ausencia de ella, con frecuencia nos encontramos en espacios que no es posible que pasen desapercibidos y funcionen únicamente como contenedor. La necesidad de crear un sinfín de rincones “especiales”, nuestra incapacidad para lidiar con lo mundano, lo sosegado o lo aburrido, impiden la coexistencia pacífica del entorno arquitectónico con lo que contiene. No pocas veces se acusa a los arquitectos estrella de no preocuparse por cómo se viven sus creaciones.

A pesar de esto, Nouvel siempre ha insistido en que su manera de trabajar incluye como pilares tanto la estética como la funcionalidad. Si existe un problema, como las altísimas temperaturas alcanzadas en la desértica capital, él presentará una solución: una inmensa cúpula de 180 metros de diámetro y 8 capas con un entramado estrellado aleatorio suspendido sobre los  edificios que componen los distintos espacios del museo. No se le puede culpar por hacer uso excesivo de otra de sus premisas: entender la arquitectura como gesto poético.

En bastantes ocasiones esa falta de restricciones da como resultado edificios ridículos, amanerados y con poco o ningún sentido. Es el problema de construir algo únicamente “porque se puede”. Pero en el caso de Nouvel vemos un sentido de contexto. Las decisiones son caprichosas hasta un determinado punto. En Abu Dhabi tomó formas esenciales de la arquitectura tradicional islámica las destiló y las transformó en algo memorable. Lo mismo que hizo posteriormente con el Museo Nacional de Qatar, que transformó en una colosal rosa del desierto.

El balance positivo de esta situación es, sin duda, que la apreciación arquitectónica –donde los visitantes exploran las características de un edificio contemporáneo singular– se ha convertido en parte fundamental de la experiencia. Si bien, puede haber una lucha o colisión, eso no nos impedirá deleitarnos con la celosía reimaginada en Abu Dhabi, ni el empeño constructivo que ha hecho posible que una rosa del desierto ocupe varias manzanas en la costa de Doha.

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