Luciano Díaz-Castilla: el museo de una vida
La exposición Mi museo imaginario en el Centro de Congresos y Exposiciones Lienzo Norte de Ávila reúne 150 pinturas del artista. Concebida por el propio Díaz-Castilla como una lectura de más de seis décadas de trabajo, la muestra es algo más que una retrospectiva: constituye la tentativa de ordenar mediante la pintura una vida dedicada a observar la naturaleza, perseguir la luz y convertir el paisaje castellano en experiencia interior. TEXTO: Alfredo Urdaci
Hay una edad en la trayectoria de un artista en la que una exposición retrospectiva deja de ser solamente una revisión de la obra realizada y se convierte en una pregunta sobre aquello que merece permanecer. Luciano Díaz-Castilla (1940) ha llegado a ese momento y ha decidido responder construyendo su propio museo.
Lo llama «Mi museo imaginario», una expresión que inevitablemente remite a André Malraux, aunque en su caso la imaginación no consiste en reunir las obras maestras dispersas por el mundo, sino en reconstruir el itinerario de una existencia.
Díaz-Castilla concibió la idea hace 17 años y ha esperado hasta ahora para materializarla. La elección de Ávila tampoco es circunstancial. Llegó a la ciudad con diez años para estudiar interno en el Colegio Diocesano y aquel descubrimiento determinó una parte esencial de su sensibilidad.
«El cielo de Ávila me subyugó siempre», recuerda. El museo imaginario es por ello un regreso: la obra vuelve al lugar donde comenzó a formarse la mirada que la hizo posible.
El pintor nació en El Soto, cerca de Piedrahíta, en el valle del Corneja. Ávila, el valle y la sierra de Gredos forman la geografía esencial de su pintura. Sería fácil, sin embargo, reducir esa relación a la categoría convencional de paisaje.
En Díaz-Castilla ocurre algo diferente: el paisaje deja progresivamente de ser el asunto representado, para convertirse en una estructura emocional. «Este valle fue mi raíz, mi vida y expresión de mi ser», escribió en Soledad creadora. La naturaleza proporciona el punto de partida; después, el color, la memoria y la subjetividad construyen el cuadro.
Formado en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, el autor adquirió allí lo que denomina «el oficio de la pintura». Su trayectoria posterior puede leerse como una larga emancipación de las soluciones aprendidas hasta alcanzar un lenguaje en el que el color adquiere una autonomía creciente. Incluso cuando su obra se aproxima a la abstracción, la experiencia del mundo visible permanece debajo de las formas. El paisaje no desaparece: queda sedimentado.
Si existe un elemento capaz de comunicar las distintas etapas de su producción es precisamente el color. No como decoración, sino como sustancia pictórica. En sus cuadros puede construir el espacio, destruir la perspectiva, convertir una figura en signo o llevar un paisaje reconocible hasta los límites de la abstracción. «Yo soy el color porque soy el amante de la luz. Sin la luz no hay color», explica.
Para Díaz-Castilla la luz no es únicamente aquello que permite ver las cosas, sino una experiencia interior. El pintor no reproduce la luz, intenta reconstruir la emoción que ha provocado.
En ese territorio aparecen sus afinidades con Van Gogh, Soutine, Matisse o Rouault y, dentro de la tradición española, con El Greco, Goya y Benjamín Palencia. Son filiaciones que ayudan a entender determinadas elecciones, aunque después de seis décadas de trabajo resulten insuficientes para definir una pintura que ha acabado construyendo su propia sintaxis.
Frente a los intentos de adscribirlo al expresionismo o al fauvismo, Díaz-Castilla ofrece una definición mucho más sencilla: «Mi estilo soy yo mismo».
La espiritualidad constituye otro de los territorios fundamentales de su obra. No solamente por la presencia de asuntos religiosos, sino por una concepción de la pintura cercana a la contemplación.
Esa dimensión alcanzó una expresión especialmente clara en Amor y Luz, el proyecto realizado en torno a la poesía de san Juan de la Cruz en el que participaron Francisco Calvo Serraller y Olegario González de Cardedal.
El primero prestó además una atención continuada a su trabajo y contribuyó a situarlo dentro de una tradición pictórica española que atravesó la segunda mitad del siglo XX manteniendo su confianza en las posibilidades del cuadro.
Esa fidelidad a la pintura adquiere hoy un significado particular. Díaz-Castilla trabajó mientras el relato dominante del arte contemporáneo proclamaba sucesivamente nuevos lenguajes, rupturas y hasta la muerte de la propia pintura. Él nunca necesitó proclamar su resurrección. Simplemente siguió pintando.
Mi museo imaginario es una muestra que reúne, hasta el 4 de diciembre, 150 de esas pinturas. Hay paisajes, figuras, abstracciones, referencias religiosas, recuerdos del valle del Corneja, visiones de Ávila y exploraciones del color realizadas durante más de seis décadas. Pero debajo de esa diversidad aparece una continuidad obstinada: la confianza en que la pintura puede transformar la experiencia visible en una forma de conocimiento.
A los 86 años, Luciano Díaz-Castilla regresa así al lugar donde comenzó a aprender a mirar y reúne allí los fragmentos de una vida. El museo desaparecerá cuando termine la exposición. Pero los museos imaginarios poseen una ventaja sobre los reales: una vez construidos, ya no necesitan paredes.



