Miró frente a Gaudí, dos maneras afines de explorar la naturaleza
El Museo Diocesano de Barcelona reúne 21 trabajos preparatorios de Joan Miró con una serie de piezas de Antoni Gaudí para explorar los puntos de contacto entre dos creadores que encontraron en lo natural el punto de partida para crear, cada uno a su modo, un lenguaje propio.
Ambos coincidieron en un mismo espacio, pero nunca llegaron a conocerse. En la Barcelona de la década de 1910, tanto Antoni Gaudí como Joan Miró acudían a las sesiones de dibujo con modelo del Cercle Artístic de Sant Lluc: este último era entonces un joven artista que completaba su formación y el primero, más de 40 años mayor y ya un arquitecto reconocido, seguía asistiendo a aquellas sesiones.
No hubo entre ellos amistad ni intercambio directo conocido, pero Miró mantendría una profunda admiración por la obra de su compañero, en la que valoraba especialmente el espíritu de riesgo y de improvisación.
Ese vínculo a distancia es el punto de partida de Gaudí y Miró, naturaleza y mística, la exposición que el Museo Diocesano de Barcelona presenta hasta el 16 de septiembre de 2026.
Comisariada por Helena Alonso y Óscar Carrascosa, la muestra rastrea las afinidades entre dos autores de generaciones y lenguajes muy distintos, y encuentra el hilo conductor en su persistente interés común por la naturaleza.
El núcleo de la exposición son 21 obras preparatorias realizadas por el polifacético pintor entre 1975 y 1979, conservadas en la Fundació Pilar i Joan Miró de Mallorca, que permiten observar el proceso que desembocaría en su serie titulada Gaudí. Papeles rasgados, collage, tinta, gouache, lápiz y otros materiales forman composiciones en las que la experimentación importa tanto como el resultado final. Precisamente de esos trabajos surgiría la veintena de grabados que componen la serie –impresa por Joan Barbarà en Barcelona en 1979–, en la que el artista combinó técnicas como el aguafuerte, la aguatinta al azúcar o el gofrado.
Pero estas piezas no están solas. El Museo Diocesano las muestra junto a objetos y mobiliario diseñados por Gaudí, tanto para la Sagrada Familia como para la Colonia Güell. El parentesco visual resulta tentador, pues son evidentes los paralelismos de las curvas, los colores y los papeles rasgados del pintor con los mosaicos de cerámica fragmentada del Parque Güell.
Sin embargo, reducir la relación a un parecido formal sería quedarse en la superficie, porque Gaudí fue para Miró mucho más que un repertorio de formas. En los años cincuenta, mientras trabajaba con Josep Llorens Artigas en los murales de la UNESCO en París, el pintor buscó inspiración en el Parque Güell.
Desde entonces, la obra gaudiniana se convirtió en una referencia importante, especialmente en su producción cerámica. También dentro de su obra gráfica, pues dos décadas después le dedicaría la mencionada serie Gaudí, cuyos trabajos preparatorios son el eje vertebrador de la exposición.
La afinidad entre ambos pasa así por la experimentación con la materia, el riesgo creativo y una concepción del arte estrechamente vinculada a la naturaleza, a la que los dos creadores otorgan además un significado trascendente.
Gaudí encontró en ella principios para construir y una expresión de su fe; Miró, por su parte, la transformó en un universo de signos compuesto de pájaros, estrellas, cuerpos y constelaciones, entre lo terrestre y lo cósmico.
Sus aproximaciones son distintas, especialmente en lo espiritual, pero comparten una idea fundamental: la naturaleza como algo que no solo se puede copiar, sino como punto de partida para crear un lenguaje propio. Sofía Guardiola


