El museo como aula: el MUN educa la mirada para nuevos públicos
La sala Torre del Museo Universidad de Navarra sustituye las obras de artistas consagrados por creaciones de todas aquellas personas que han participado y colaborado en los programas organizados por su Área Educativa en la última década. La muestra podrá visitarse hasta el 16 de agosto, pero el debate que suscita sobre el papel educativo de las instituciones museísticas resulta más trascendental.
Hace años una niña que visitó el Museo Universidad de Navarra (MUN) se hizo la siguiente pregunta: ¿Un cuadro puede ser mi amigo? y sin querer dio origen a un proyecto en torno a los interrogantes que habitualmente nos suscitan las visitas que hacemos a los museos. Tal vez si estos días la niña regresa al centro, descubra que los lienzos no solo acompañan amistosamente, también enseñan, incomodan, consuelan y, sobre todo, educan la mirada.
Más allá de la muestra que presenta la institución navarra –y lleva por título esa ingenua interpelación infantil–, lo relevante de esta iniciativa es que refleja la idea del museo como un aula educativa fuera del espacio tradicional. Así, se evidencia que este tipo de proyectos de las pinacotecas, no solo enriquecen la alfabetización cultural de las personas y del alumnado en concreto, sino que también permite experiencias de aprendizaje creativas y transformadoras.
La institución cultural y la educación han ido de la mano desde el nacimiento mismo de la primera. Sin embargo, la figura del educador de museos tal y como la conocemos hoy en día no se profesionalizó hasta el siglo XX.
En las décadas de 1920 y 1930, siguiendo las corrientes pedagógicas de pensadores como John Dewey o Maria Montessori, que reivindicaron el valor educativo de estas instituciones y la importancia de “aprender haciendo”, hubo galerías que inauguraron las primeras salas infantiles, o bien departamentos destinados a los niños.
Pronto se entendió que podían ofrecer algo que las escuelas tradicionales no podían: la experiencia directa con objetos reales, capaces de provocar fascinación y fomentar el aprendizaje.
El MUN lleva en su ADN esta misión pedagógica, pues su Área Educativa nació poco después de la inauguración del centro cultural navarro. A través de ella, se han organizado diferentes programas en los que han participado un total de 100.000 usuarios, 50.000 de ellos escolares, pero también alumnado universitario, personas mayores, familiares e integrantes de la iniciativa SociARTE.
El comisario y educador en el MUN, Fernando Echarri, explica que estos programas incluyen una visita a las exposiciones y buscan fomentar distintos valores, como la paz, el cuidado, la igualdad y la diversidad. Después de cada incursión en los fondos de la colección, la idea es que el público infantil cree sus propias obras de arte a partir de la representación de uno de esos valores.
Bajo el prisma del museo como aula, Echarri presenta ahora una exposición organizada en colaboración con otra de las educadoras: Teresa Barrio. Ambos plantean un recorrido dividido en ocho módulos que recopila precisamente aquellas piezas colaborativas realizadas desde el nacimiento de este proyecto.
Con Rothko, por ejemplo, los escolares reflexionaron en torno a los prejuicios –»esto lo hace mi hijo de dos años»– y cómo determinados artistas rompieron con los ideales de su época. La fotografía Mujer de Ávila, de Ortiz Echagüe, abrió un debate acerca del cuidado de las personas mayores; mientras que Costa Rica, de Cecilia Paredes, sirvió para discutir el papel de la mujer en el arte.
Esta propuesta expositiva es una aproximación estupenda para entender la función didáctica de los centros culturales, al mismo tiempo que se reflexiona sobre cómo seguir adaptándose para educar la mirada de nuevos públicos. Nerea Méndez Pérez



