25 obras maestras de la Mauritshuis en Madrid (Vermeer incluido)
Una selección de pinturas del Siglo de Oro holandés procedentes del museo de La Haya recalan en el Thyssen con la Vista de Delf a la cabeza, pero también otros cuadros fundamentales de Hals, van Honthorst o Rembrandt. A cambio, el centro madrileño ha hecho lo propio cediendo otras tantas pinturas al museo vecino.
Este es el resultado de una historia de amor. O mejor dicho, dos: la de la directora de la Mauritshuis con el Museo Thyssen-Bornemisza y la del barón Hans Heinrich Thyssen con el museo de La Haya, donde forjó su gusto por el arte y el coleccionismo.
Por eso resulta tan interesante esta propuesta que llega hoy a las salas del museo madrileño, como primera parte de una colaboración por la que ambas entidades se han prestado no una ni dos, sino hasta 25 obras maestras de sus respectivas colecciones (la segunda parte se inaugura la próxima semana en los Países Bajos).
El proyecto se gestó con la naturalidad con la que se desarrollan las iniciativas bien pensadas. Martine Gosselink se enamoró de la colección de nuestro museo nacional nada más visitarlo, por eso cuando regresó a su casa pidió a su secretaria que le consiguiera el contacto de Guillermo Solana. Quería proponerle un intercambio de obras: mostrar en La Haya los tesoros españoles que tanto le habían fascinado y, a cambio, ofrecía los suyos para que viajasen a Madrid.
La respuesta que recibió al otro lado del teléfono en aquella primera llamada fue inmediata y entusiasta: un sí prácticamente sin condiciones. De modo que ambos directores se pusieron a escribir la carta a los Reyes Magos junto con su equipo de conservadores, pidiendo lo mejor de lo mejor: Zurbarán, Bronzino, Rembrandt, Vermeer…
Prácticamente todo lo contenido en las dos listas se aceptó. Solo hubo dos negativas, una de cada museo: la Joven de la perla se quedaba en La Haya, porque estaba recién llegada de Japón; mientras que Santa Casilda de Zurbarán del Thyssen sigue prestada a París, por tanto no podía viajar a la Mauritshuis. ¿Conclusión? “Habrá que organizar un segundo intercambio de piezas”, comentó entre risas Gosselink durante la presentación.
De momento, la veintena de lienzos que ha llegado a Madrid para quedarse hasta el 10 de enero de 2027 ilustra perfectamente cómo fue el Siglo de Oro holandés. Son cuadros que abarcan desde 1615 hasta 1705, con nombres imprescindibles como Gerrit van Honthorst, Frans Hals –magistrales esas pinceladas que perfilan el cabello del Niño sonriendo–, Rubens o Rembrandt.
Obras que tanto el primer barón Thyssen-Bornemisza –instalado en La Haya– como su hijo Heini, nacido allí, debieron de disfrutar in situ. “Las visitas a la Mauritshuis fueron germinales para la formación de esta colección [hoy en Madrid] y marcaron, sin duda, las adquisiciones de los años 30 del primer barón”, señala Solana.
Mucho más tarde, su sucesor ayudaría a incorporar un par de cuadros a los fondos del centro neerlandés, demostrando con ello que seguía siendo “el museo de su alma”.
La selección de 25 pinturas que ahora recalan en la capital española huye del orden cronológico para proponer un recorrido por géneros en tres salas de la segunda planta: bodegones llenos de minuciosos detalles –¡qué fresas las de Adriaen Coorte!–; las escenas de género tan típicas del calvinismo holandés, a las que se suman varios retratos; y los paisajes, donde destacan Ruisdael o Avercamp.
Aunque para ser honestos, el protagonista absoluto de Mauritshuis ♥ Thyssen-Bornemisza. Obras maestras de La Haya es la Vista de Delf de Vermeer que domina la última estancia, como guinda del pastel de un préstamo sin precedentes.
El lienzo apenas ha salido de su hogar –es la tercera vez en su vida que viaja– y podría entenderse como el mejor ‘premio de consolación’ por no haber podido acoger la celebérrima Joven de la perla. Que conste que no ha sido por un rechazo frontal a prestarla, sino porque acaba de volver de su periplo por tierras asiáticas, como hemos dicho.
Pero Solana no echa de menos esa perla perfilada con una sola pincelada blanca, porque ya tiene “el cuadro más bello del mundo”, según palabras de Marcel Proust. Vaudoyer también dijo de esta escena que era la que mejor expresaba “la poesía meteorológica de un paisaje”, quizá porque tiene la mitad del lienzo cubierto por nubes y un cielo azul cegador, mientras la composición se condensa prácticamente en la parte inferior del lienzo.
Recibir esta obra de Vermeer y conservarla durante tres meses es un sueño para el director del Thyssen y, desde luego, la perfecta excusa para revisitar este museo. Sol G. Moreno




