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El vacío como material escultórico

El Guggenheim resume seis décadas de abstracción en una muestra que reflexiona sobre la importancia del espacio en la creación artística; un recorrido que incluye obras de Oteiza, Fontana, Long o Iglesias y que toma como punto de partida El arte y el espacio, un libro de Martin Heidegger ilustrado por Chillida. Además, la obra Burbuja blanca, recientemente donada por Ernesto Neto, se presenta por primera vez al público. 

¿Es el espacio el origen de la obra de arte? ¿Qué valor tiene el entorno? ¿Cómo ocupan las creaciones el vacío? Esas eran las dudas filosóficas que se planteaba Martin Heidegger hacia 1968. Entonces conoció a Eduardo Chillida –en la galería Erker de St. Gallen– y sintió cómo sus interrogantes encontraban respuesta plástica. En aquel momento, el alemán teorizaba sobre la relación intrínseca entre la obra y el espacio, un concepto que precisamente estaba poniendo en práctica el escultor vasco, por ejemplo en El peine del viento (1952-1976), que difícilmente podríamos entender sin el mar o la playa de La Concha donde se ubica. Ambos intelectuales tardaron apenas unos meses en ponerse de acuerdo para colaborar juntos en un libro cuyas ideas primigenias fueron manuscritas por Heidegger en planchas de piedra.

Dicho ensayo se convierte ahora en el hilo conductor de la exposición que el Museo Guggenheim Bilbao acaba de presentar, dentro del marco de su vigésimo aniversario. En ella, Manuel Cirauqui ha reunido más de un centenar de trabajos, tanto nacionales como internacionales, bajo un epígrafe que reproduce exactamente el título del libro en el cual se inspira.

El arte y el espacio reflexiona así en torno a la espacialidad del objeto, sobre todo a partir del nacimiento de la abstracción –mediados del siglo XX– y de las piezas site specific surgidas en los años 70. “Se trata de una exposición llena de conexiones, donde las obras dialogan y se replican unas a otras”, en palabras del comisario. Al mismo tiempo, es un tributo a la enorme capacidad del edificio concebido por Gehry, que constituye en sí mismo un ejemplo de ese interés por los volúmenes que ocupan el espacio (en este caso la ría de Bilbao).

Sus inmensas salas albergan ahora todo tipo de experimentos contemporáneos encaminados al estudio de la tercera dimensión y la investigación del objeto. Este se deconstruye (Jorge Oteiza), perfora (Anna Mariolino), rellena (Ernesto Neto) o arruga (Alyson Shotz). Juega incluso con las leyes físicas, como la gravedad, presente en la espectacular instalación de Damián Ortega Cosa cósmica.

Una decena de planchas concebidas a cuatro manos por Heidegger y Chillida inician el recorrido. La sala muestra además otras creaciones de este pinero del conceptualismo vasco, que dibuja formas geométricas en el espacio, en ocasiones minúsculos volúmenes que juegan con el interior y el exterior del objeto. “Para Chillida, el espacio es el primer material para crear”, insiste el comisario. También debió de serlo para el resto de artistas ‘históricos’ presentes en esta primera parte de la muestra, como Oteiza, Fontana, Matta-Clark o Anthony Caro.

Las salas contiguas dejan paso a la ambigüedad del vacío, con obras que generan espejismos, como Fase de la nada-agua de Nobuo Sekine o Sección diagonal de Marcius Galan. En el primer caso, el artista japonés juega con la superficie de su obra, aparentemente maciza pero en realidad hueca, que llena de agua. La propuesta de Galan, por su parte, exige de la participación activa del espectador para descubrir que, ¡sorpresa!, no hay cristal. Solo es una ilusión óptica.

“Con demasiada frecuencia, el vacío aparece solo como una falta”, escribe Heidegger a modo de crítica. La réplica surge en la muestra bilbaína con Nina Canell y su Pérdida de rumbo en espacio libre (2014), un ¿lienzo invisible? que no hace sino enmarcar eso: el vacío. Bonita metáfora del aire como elemento artístico. SGM 

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