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Ritmos y variaciones de Eamonn Doyle en la Fundación Mapfre


La sala de Bárbara de Braganza de la Fundación Mapfre en Madrid acoge desde hoy una exposición dedicada al fotógrafo irlandés Eamonn Doyle (Dublín, 1969), concebida como una retrospectiva de algunas de sus series más conocidas de los últimos años como la Trilogía de Dublín en sus series i, ON y End, donde hace gala de un uso muy personal del encuadre: a veces hacia abajo, hacia arriba, lateral y siempre para ofrecernos inquietantes imágenes tomadas con luz solar directa. Y junto a ellas, algunas fotos de los años 80 cuando estudió pintura y fotografía. Aunque luego se dedicó a la producción musical, para retomar la fotografía a partir de 2011, sobre todo su último trabajo –la serie K–, comenzada en la costa oeste de Irlanda en la zona de Connemara y luego continuada en Extremadura, gracias a un programa de colaboración que le propuso la Fundación Mapfre para producir esas imágenes en nuestro país.

En la presentación, la directora del Área de Cultura de la Fundación Mapfre, Nadia Arroyo, destacó que la música tiene mucha influencia en las imágenes de Doyle porque aunque toma fotografías de la calle no es un autor de calle y cree que el montaje propuesto por el artista y el comisario –Niall Sweeney, amigo del fotógrafo– permite una experiencia inmersiva con esos formatos de gran tamaño y algunas piezas musicales que forman parte de la muestra. Precisamente en este aspecto ahondó el comisario, porque la exposición a veces resalta un ritmo musical pero también el silencio. Sweeney dijo que en el recorrido se puede observar el presente y la dura luz de Dublín en la trilogía captada por Eamonn Doyle en las calles cercanas a su domicilio. Y añadió dos cosas relevantes: la primera, al hablar de Made in Dublin, que es un collage rítmico en el que no existe una narrativa fija; y, la segunda, que podríamos ver muchas de las imágenes como una «navegación a través de nuestra existencia» para «traer el futuro al presente».

Por su parte, Eamonn Doyle explicó que, al terminar sus estudios de pintura y fotografía, decidió colgar la cámara y dedicarse a la música como productor y organizador de festivales de música electrónica. A finales de la primera década de los años 2000 se desencantó por la música y retomó la fotografía, ya en formato digital. Muchas de las fotografías de esos primeros años están hechas en un radio de acción de alrededor de 500 metros, alternando blanco y negro con el color. Y nuevamente mencionó que hay que saber qué cámara y qué tipo de película utilizas, además de reconocer las cosas cuando pasan. «La diferencia entre la pintura y la fotografía es que en la primera te enfrentas al lienzo en blanco, mientras que en la segunda hay un lienzo lleno en el que se trata de ir quitando elementos hasta dejar los que te han llamado la atención».

Por último, Doyle dijo que la serie K es la primera que ha hecho fuera de Dublín. La empezó en la costa oeste de Irlanda y cuando estaba trabajando en ella murió su madre, tras una lucha contra el cáncer de cinco años. Esa pérdida le desvió un poco de la idea inicial y también el hecho de que su hermano muriera 17 años antes y descubriera que su madre había escrito cartas a su hijo muerto, algo que queda plasmado en la exposición en esa superposición de cartas y en algunas espirales de aguas negras de homenaje a su hermano.

La exposición incluye más de 15o fotografías, cinco foto libros y una video-instalación de nueve pantallas diseminadas en varias secciones temáticas. En la planta de calle vemos la sección i, con esas figuras solitarias, quizá detenidas en el tiempo, que deambulan por la ciudad realizando tareas cotidianas en O’Connell Street. Doyle fija la imagen de personas anónimas que habitan las calles de la capital irlandesa, mientras que en ON, con las fotos en blanco y negro, vemos cómo Doyle utiliza un contrapicado que agranda las figuras de personas que andan decididas por las calles de la ciudad, en un diálogo duro entre su expresión y los edificios que les rodean. La última parte de esta trilogía está dedicada a End, un curioso nudo de incertidumbre entre el pasado, el presente y el futuro, donde vemos cómo los objetos y las personas tropiezan y parecen haber perdido el rumbo dejándose llevar por la marea inconsciente de la ciudad.

Hay otra serie titulada Visita de Estado, un conjunto de fotografías cercanas al informalismo, que documentan cómo se sellaron las tapas de las alcantarillas con motivo de un viaje oficial de la reina Isabel II a Dublín en 2011, al estar tapadas con pintura amarilla y blanca, como signo de revisión de las fuerzas de seguridad, con unas marcas de gran significado simbólico.

También presentan una especie de video-miriorama titulado Made in Dublin, una obra en nueve pantallas que cambian constantemente para reflejar la ciudad en movimiento como si fuera una secuencia de fotogramas, junto a una composición del músico David Donohoe, que incluye la voz de Kevin Barry  en una coreografía de una ciudad fragmentada y laberíntica.

En la planta sótano de la sala Barbara de Braganza se exhibe la serie K, la última realizada por Eamonn Doyle. Comenzó tomando imágenes en el extremo occidental de Irlanda, siguiendo la estela de esas figuras revestidas de velos, mecidas por el viento y la lluvia, que a través de las olas llegaron a Extremadura. Es una figura que surge de las rocas y  las aguas saladas, terrenal y acuática, que parece unirse al mundo fantasmal de los irlandeses atlantes. Y las antiguas conexiones entre los marineros de Connemara que se unen a los de la península ibérica, en este caso Extremadura, y del norte de África. Junto a esas imágenes de gran fuerza, otra composición musical de Donohue, a partir de la grabación en 1951 de un keen irlandés  irlandés, una especie de canción tradicional de lamento para los muertos.  El músico acompaña con una especie de salmodia las imágenes de Eamonn Doyle bañadas por una luz muy suave.

Eamonn Doyle podrá visitarse hasta el 26 de enero de 2020. Julián H. Miranda

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