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Picasso, la cocina o el sutil factor revelador de su arte

«Fíjese, en esta naturaleza muerta he puesto un manojo de puerro. Pues bien: lo que me gustaría es que mi lienzo oliera a puerro». Estos versos de Picasso, escritos el 29 de junio de 1945, son toda una declaración de intenciones que avalan la exposición que el Museu Picasso de Barcelona acaba de inaugurar bajo el sugerente título La cocina de Picasso. Podríamos haber citado otros muchos versos salidos de su pluma, del mismo modo que sus obras fluyeron de sus pinceles y sus manos. También podríamos haber reproducido el relato de David Douglas Duncan, autor del libro Viva Picasso (Nueva York, 1980), que narró cómo el artista, tras degustar un lenguado, dejó la espina en un plato y, acto seguido, se marchó a buscar un fragmento de arcilla para inmortalizarla. Este momento quedó plasmado, primero, en una fotografía, y posteriormente en la escultura Corrida de toros y pescado, ambas presentes en la exposición.

Estos y otros argumentos son los que esgrime Emmanuel Guidon, director del Museu Picasso de Barcelona y comisario de la exposición junto a Claustre Rafat, conservadora de la obra gráfica de la misma institución, y Androula Michael, profesora de la Universidad de Picardie Jules Verne, para justificar el guión de la muestra. Porque, como apunta Guion, «la cocina es un sutil factor revelador de las artes de Picasso». La nómina de prestadores así lo ratifican, pues abarca museos, galerías y coleccionistas nacionales y foráneos como el Museo Picasso de Málaga, el Centre Pompidou de París, en Museo Nacional de Arte Reina Sofía de Madrid o los Museos Estatales de Berlín entre otros muchos.

La exposición se desarrolla en torno a nueve epígrafes –correspondientes a las nueve salas en las que se despliega–, que arrancan con la cocina catalana en el año 1899 y la taberna Quatre Gats, un espacio frecuentado por el artista en el que también se dieron cita Santiago Rusiñol o Ramon Casas. Picasso se encargó de realizar varias tareas grçaficas, como el menú y el plato del día. No podía faltar la cocina cubista, cuyo movimiento artístico nació precisamente en el bar y en la cocina. Así lo expresó el propio artista a propósito de la iconografía del cubismo: «¿Qué puede haber más familiar para un pintor, para pintores de Montmatre o Montparnasse, que su pipa, su tabaco, la guitarra que cuelga sobre el diván o el sifón puesto encima de la mesita de café?». Los otros protagonistas de la muestra son los utensilios, las palabras, los materiales y las texturas o la guerra, cuya irrupción en la vida de Picasso marcará un fuerte cambio que se reflejará en su pintura. Así lo atestiguan lienzos como Café de Royán (1940) o las dos versiones de Lebufé de Le Catalan. La última sala se dedica a la faceta de Picasso como grabador y litógrafo, creaciones en cuya técnica, como un cocinero, el artista experimentó sin parar hasta crear recetas particulares en algunas de las técnicas en las que trabajó.

En La cocina de Picasso, podrán verse 200 obras de arte entre pinturas, esculturas, grabados y dibujos que abarcan toda la trayectoria del pintor malagueño, a las que acompañan una selección de documentos y fotografías. Cuenta además con un aliciente, una exposición complementaria dirigida por el cocinero Ferran Adrià en la Sala Mauri del museo y que se ha titulado ¿Qué es cocinar? En ella podrán verse algunos de los hitos del equipo elBulli aplicados a la restauración gastronómica, desde el Catálogo razonado del restaurante, con sus1846 platos, hasta el carrusel del sistema funcional de la cocina en sus tres dimensiones: creativa, reproductiva y experiencial.

La exposición permanecerá abierta desde mañana hasta el 30 de septiembre de 2018.

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