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Max Beckman, pintor de Historia y alegorías


El presidente de la República Alemana,  Frank-Walter Steinmeier, inaugura esta tarde en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza la exposición Beckmann. Figuras del exilio, organizada por el museo madrileño con la colaboración de CaixaForum Barcelona, donde se exhibirá tras su clausura en Madrid. La muestra está patrocinada por la Comunidad de Madrid y ha sido comisariada por Tomàs Llorens, con la ayuda Leticia de Cos, del Área de Exposiciones del Thyssen. Max Beckmann Leipzig, (1884- Nueva York, 1950) no es un pintor demasiado conocido en nuestro país, ya que solo se le han dedicado dos exposiciones monográficas, la organizada por la Fundación Juan March hace más de dos décadas y otra de obra gráfica que se celebró en Valencia, aunque sí se han visto obras suyas en muestras colectivas.

En la presentación que ha tenido lugar esta mañana, el director artístico del Museo Thyssen, Guillermo Solana, recordó que esta exposición tuvo su génesis en 2002 cuando en compañía del Tomás Llorens visitaron en el Pompidou una retrospectiva dedicado a este singular artista alemán y dijo que la muestra actual en el Thyssen no se puede comparar en extensión, ni en número de obras, pero que al reducir el foco al exilio quizá gana en intensidad, algo en lo que ahondó Jaime de los Santos, consejero de Cultura, Turismo y Deportes de la Comunidad de Madrid, quien añadió que Beckmann refleja una apuesta por la libertad de un artista que siguió un sendero muy particular en la primera mitad del siglo XX.

Tomàs Llorens, subrayó que para él la organización de esta exposición, a la que ha dedicado 15 años, le ha resultado muy gratificante porque este pintor, que no puede ser encasillado en ningún movimiento artístico de las primeras décadas del siglo XX por su fuerte individualidad, ya estaba entre sus elegidos cuando comenzó su tránsito por el arte moderno hace más de 50 años. Además matizó que Beckmann es un pintor de Historia, que supo interpretar los momentos más dramáticos de la primera mitad del siglo pasado y lo hizo con un marcado compromiso con la sociedad que le tocó vivir, y que siempre tuvo a Picasso como referente, a pesar de las diferencias entre ambos. Por último, la nieta del pintor, Mayen Beckmann, puntualizó que su abuelo no se sintió un artista alemán, sino europeo, influido por Goya y otros pintores italianos, y que no cree que deba ser considerado un pintor trágico, ya que supo combinar ese registro con dosis de alegría, humor, y una profunda vitalidad.

Durante sus primera etapas Beckmann estuvo cerca del expresionismo y de la Nueva objetividad, aunque siempre desde una óptica personal y figurativa, plena de resonancias simbólicas, que han terminado por ser una crónica  testimonial del tiempo que le tocó vivir. A través de las 52 piezas ( 40 pinturas, 10 obras gráficas y dos esculturas) , que han sido seleccionadas en museos y colecciones de numerosos países, fundamentalmente de Alemania y Estados Unidos,  los aficionados al arte podrán admirar tres de los nueve trípticos que pintó en la última fase de su vida, algunos de sus mejores autorretratos y obras maestras que abarcan casi todas sus etapas: La barca (1926), Sociedad, París (1931), Autorretrato con corneta (1938), Ciudad. Noche en la ciudad (1950) o Los argonautas (1949-50), el tríptico que dio por terminado el mismo día en el que falleció prematuramente, en Nueva York.

Con el eje del exilio, Tomás Llorens y Leticia de Cos, han dividido la exposición en dos grandes secciones, la primera, menor en obras, dedicada a la etapa que vivió antes de la Primera Guerra Mundial, cuando ya era un artista valorado y reconocido en su país natal, hasta el ascenso del nazismo en 1933 al ser expulsado como profesor de la escuela de arte de Fráncfort y su traslado a Berlín; y la segunda que incluye su huida a Holanda en 1937, donde residió diez años,  el mismo día de la exposición dedicada al Arte degenerado, y los tres últimos años cuando se trasladó a Estados Unidos en 1947 hasta su muerte tres años después.

La primera sala del primer ámbito de la muestra, titulado Un pintor alemán en una Alemania confusa es toda una declaración de intenciones con esa serie de autorretratos, desde uno siendo muy joven de 1908 hasta la escultura de 1936, pasando por otros más irónicos de 1919 y 1921, ya sea posando con champán o disfrazado de payaso, junto a una obra tan curiosa como la vida en la calle. La sensibilidad de Beckmann estaba orientada hacia el sentimiento de la vida, pero a partir de la Primera Guerra Mundial fue dando paso a una conciencia de crisis y progresivamente sustituyó el naturalismo de sus primeras composiciones por el expresionismo, dentro de un eclecticismo que le conecta con artistas alemanes como Liebermann o Corinth, sin olvidar a figuras europeas como Cézanne. Este interés supranacional le hizo fijar sus posturas estéticas alejadas de cualquier movimiento colectivo como el de los expresionistas y con otros posteriores.

Sin embargo, la guerra fue una experiencia personal y artística para Beckmann y eso le inclinó a ser cada vez más objetivo y eso le enlaza, aunque siempre rehuyó esa etiqueta, con la Nueva objetividad, corriente dominante surgida en la postguerra. En 1915 regresa del frente y se instala en Fráncfort dando lugar a una vida nueva, tanto en lo personal -con la crisis de su primer matrimonio y su boda con Mathilde von Kaulbach, conocida como Quappi, en 1925- como en lo artístico.

Tanto la crisis de 1929 como la llegada al poder de los nazis hicieron que su situación económica y social fuera cada vez más complicada, por lo que en 1933 decidió irse de Fráncfort a Berlín, buscando el anonimato, pero los museos alemanes le fueron dejando a un lado y sus ventas disminuyeron. Tras cuatro años en Berlín, el artista de Leipzig decidió irse con su esposa a Holanda en búsqueda de libertad y ya no volvería nunca a su país natal.

El segundo ámbito, Salida  y comienzo, quizá sea la plasmación paulatina del exilio exterior de Beckmann, a su vez dividido en cuatro temas constantes, donde a través de alegorías, desarrollara cuatro temas constantes: Máscaras, Babilonia eléctrica, El largo adiós y el Mar. Con un anhelo, profundizar en lo visible para captar lo invisible y eso hizo que los trípticos no sólo le sirvieran para enlazar con la pintura del Renacimiento alemán sino desarrollarlo como un género que sustituyera el cuadro de salón decimonónico.

En Máscaras recrea la identidad natural del exiliado y su paradigma es el artista ambulante, el actor de circo o de cabaret, que actúa ante el público revistiéndose de una máscara, de un disfraz. Y también el Carnaval. Autorretrato con corneta (1938), uno de los dos que Beckmann pintó en los primeros meses en Ámsterdam, el más importante y elaborado y una de sus pinturas más memorables; el tríptico Carnaval (1943), en el que puede reconocerse al artista en la figura del Pierrot blanco del panel central; Begin the Beguine  (1946), en el que la atmosfera festiva del baile está contrarrestada por una ambientación que apunta hacia una amenaza latente, o Mascarada (1948), donde se dan la mano lo festivo y lo siniestro y donde aparecen algo escondidos el artista y su segunda mujer, Quappi, son algunas de las principales obras reunidas en esta sección.

Babilonia eléctrica supone que la gran ciudad constituye la pérdida de identidad del hombre moderno.  En la metrópolis moderna se aniquilan las fronteras entre lo rural y lo urbano, entre lo natural y lo artificial, entre el día y la noche. Un laberinto saturado de hoteles, bares, salas de juego, bailes o espectáculos, que se ofrece, como espacio de perdición, y que conforma uno de los temas centrales de la sociología alemana del cambio de siglo XIX al XX. Y además la metrópolis se ofrece al artista como espectáculo y, de entre las formas que adopta, las que más le atrajeron fueron el circo y la varieté. Gran varieté con mago y bailarina (1942) es un cuadro espectacular por irradiar ligereza, confusión, fuegos de artificio, humo y brillo de lentejuelas. Pero la ciudad del exilio, Babilonia, es también la capital de las tentaciones, el lugar paradigmático de la perdición de El hijo pródigo (1949), y pinturas como Plaza (Vestíbulo de hotel) o Ciudad. Noche en la ciudad , ambas de 1950, que son fruto directo de su vida cotidiana en Nueva York.

Uno de sus pensamientos más hondos quizá esté representado en El largo adiós: Partir es morir un poco, o mucho. El exilio es una figura de la muerte, y viceversa. En la nueva Alemania configurada por el ascenso del nacionalsocialismo, la equivalencia entre exilio y muerte es una realidad. Instalados en Ámsterdam tras huir de Alemania, Max y Quappi tuvieron que aprender a vivir en el anonimato del exilio y con un futuro lleno de incertidumbres. Una vez más, era volver a empezar. Y así empieza Nacimiento (1937), más tarde Muerte (1938). Ambas de formato horizontal y con grandes simetrías compositivas e iconográficas, parecen concebidas como pareja, aunque el artista las vendió por separado. Nacimiento y muerte son las dos grandes puertas de la existencia, el anverso y el reverso de una misma realidad, una misma figura del exilio. Nacemos como artistas ambulantes, ignorando lo que nos deparará el destino. Morimos como viajeros, ignorando también nuestro final.

Y por último, El mar, uno de los principales motivos de la obra plástica de Beckmann, una figura del viaje y del exilio, una masa inmensa donde nada permanece quieto y cuya naturaleza es un medio en el que, como ríos, desembocan, se purifican y se renuevan las existencias de los hombres. Y en esa parte encontramos El traslado de las esfinges (1945), una de sus obras más enigmáticas; Camarotes (1948), en el que un barco se convierte en la representación de una ciudad en miniatura, Hombre cayendo  (1950), obra sorprendente; y el  tríptico Los argonautas, al que dedicó año y medio, terminándolo a finales de diciembre, el mismo día que moriría de un ataque al corazón en las calles de Nueva York. Como en otros cuadros y en su vida el mar como fondo. Julián H. Miranda

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