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Eugenia de Montijo, de condesa de Teba a emperatriz de Francia

La Fundación Casa de Alba presenta una visita temática temporal que rinde homenaje a esta mujer culta, refinada, coleccionista e influyente a través de 80 piezas repartidas por la colección del palacio de Liria (algunas de ellas inéditas, otras reubicadas o procedentes de Dueñas). Un recorrido que ahonda en el legado histórico y cultural de María Eugenia de Guzmán y Palafox, hermana de Francisca de Sales, XV duquesa de Alba.


Es la primera visita temática que el palacio propone desde su reapertura. Con ella quiere homenajear a una figura fundamental para la Casa de Alba: María Eugenia de Guzmán Palafox Portocarrero y Kirkpatrick (1826-1920). El año pasado se cumplió el primer centenario de su muerte y, aunque el proyecto se había organizado para conmemorar la efeméride, ha tenido que retrasarse por culpa de la pandemia. Ayer, por fin, se inauguró Eugenia Emperatriz en el palacio madrileño, con una propuesta que tiene su propio recorrido y que podrá disfrutarse hasta el 30 de diciembre.

“Es un proyecto que llevamos preparando desde hace casi dos años y pretende poner en valor a la emperatriz Eugenia, que poseyó una de las mejores colecciones del Segundo Imperio. Esta muestra indaga en la relación entre ella y la Casa de Alba, al tiempo que ofrece un viaje a través de su legado”, mantiene Álvaro Romero Sánchez de Arjona, director cultural de la Fundación Casa de Alba.

Un periplo que comienza con la muerte de Eugenia de Montijo –curioso que se la conozca por ese apellido que nunca fue suyo–, ocurrida en 1920 en el palacio de Liria. Precisamente por eso, la propuesta temática se inicia con una fotografía, posiblemente la última que se tomó de la emperatriz, donde aparece sentada junto al oftalmólogo Barraquer.

Un día después, fallecería con 94 años, los ojos perfectos tras ser operada de cataratas y el estómago algo revuelto por la horchata tomada esa misma tarde. Extraño final para una aristócrata que nació en Granada, se casó con Napoleón III y llegó a ser emperatriz, tuvo que exiliarse a Inglaterra e hizo numerosos viajes a los palacios de Dueñas y de Liria para visitar a su sobrino Jacobo (abuelo del actual duque).

El recorrido por Eugenia Emperatriz sacrifica el orden cronológico para adaptarse a los salones y estancias del palacio madrileño, que ahora acoge varias piezas invitadas procedentes de otros palacios de la Casa de Alba. Entre ellas, la pareja de retratos de las hermanas Francisca y Eugenia realizada por Federico de Madrazo, sin duda uno de los mayores reclamos.

Procedentes de una sala privada de las Dueñas, ahora se muestran en Madrid en el Salón de la Emperatriz y comparten protagonismo con la joya de la colección permanente: Gallorum imperatrix de Franz Xaver Winterhalter.

La presencia de ambas obras sevillanas supone una ocasión excepcional para acercarse a la pincelada de Madrazo, especialmente en el caso de Francisca de Sales Portocarreño, XV Duquesa de Alba, ya que se ha limpiado para la ocasión. Su carácter oficial contrasta con la apariencia de Eugenia, retratada cuando aún era condesa con un vestido de raso blanco.

Parece lógico que sea precisamente esta estancia la que condense la mayor parte de las obras que componen la visita en torno a la emperatriz, con piezas reubicadas para la ocasión como una pareja de jarrones de cerámica de Sevrès, los abanicos pintados, una miniatura de Fabergé o una medalla de oro que ahora se exponen en vitrinas. También la Sala Zuloaga muestra muchos de sus recuerdos, como un busto suyo, unos binóculos o la acuarela de Joseph West.

De las obras recién llegadas a palacio, también destaca una tercera pintura que se encuentra en el Salón del Gran Duque. Se trata del retrato del conde Jacobo Fitz-James pintado por Sorolla en 1908, expuesto temporalmente justo donde tuvo lugar la sesión pictórica entre el autor valenciano y el efigiado (al fondo del cuadro se vislumbra el busto de Monegro y el marco del retrato del gran duque de Alba atribuido a Antonio Moro).

Fue un regalo para su tía abuela, quien por cierto no quedó muy contenta con el resultado, porque decía “la pintura no se le parecía”. A la muerte de Eugenia, la pintura volvió a manos de la Casa de Alba.

El retrato del conde Jacobo Fitz-James pintado por Joaquín Sorolla en 1908 es una de las tres obras invitadas y ahora se expone justo donde tuvo lugar la sesión pictórica entre el autor valenciano y el efigiado. 

El recorrido se completa con la visita de dos salas privadas de Liria que habitualmente permanecen cerradas al público. Ahora se han abierto temporalmente y permiten descubrir cómo era la vida en los palacios durante el Segundo Imperio gracias a varios cuadros, mapas y esculturas. Una de las pinturas muestra a la emperatriz en el interior del palacio de las Tullerías y resulta fundamental para conocer la decoración e interior de aquellas salas, hoy perdidas a causa de un incendio.

La otra estancia abierta para la ocasión es el Salón de Música, donde se exhiben muebles que “aparentemente pertenecían a la emperatriz, aunque no existe ningún documento que lo certifique”, matiza Romero Sánchez.

En la biblioteca se exhiben diversas cartas manuscritas por Eugenia de Montijo dirigidas a su hermana, la reina de Inglaterra o Alejandro Dumas, así como una misiva escrita por su tutor Prosper Mérimée, quien le adelanta parte de la trama de Carmen. Todas ellas han abandonado por unos meses sus carpetas para mostrarse en vitrinas.

Este selecto conjunto de porcelanas, esculturas, pinturas, relojes, mobiliario y piezas decorativas que recuerdan a Eugenia emperatriz posee su propia visita guiada dentro del palacio.

Es un recorrido temático que podrá hacerse hasta finales de año y reivindica la importancia de una de las figuras clave del siglo XIX; una aristócrata española coleccionista, políglota, moderna y defensora de los derechos sociales que llegó a emperatriz de Francia. Sol G. Moreno   

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