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LOS ROMÁNOV EN EL MUSEO RUSO DE MÁLAGA

Ayer se abrieron simultáneamente en Málaga las muestras Kandinsky y Rusia, que permanecerá abierta hasta julio y, sobre todo, La Dinastía Románov, que durará hasta enero de 2018, y que resulta de gran interés cuando se conmemora el centenario de la Revolución Rusa. Ambas exposiciones fueron inauguradas en el Museo Ruso por el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre, el director del Museo Ruso de San Petersburgo, Vladimir Gúsev, que estuvieron acompañados por la directora del Museo Ruso, Evgenia Petrova, la concejala de Cultura, Gemma del Corral, y el director de la Colección del Museo Ruso de Málaga, José María Luna.

Comisariada por Pável Klimov la exposición reúne casi dos centenares y medio de obras de diferentes disciplinas: pintura, escultura, cerámica o mobiliario, entre otras, realizadas por más de un centenar de artistas, que ayudan a profundizar en un largo período de 300 años (1613-1917), en el que la familia Románov lideró los destinos de un vasto país como Rusia. En esos tres siglos algunos de esos zares y zarinas persiguieron modernizar el país. A través de los objetos seleccionados se puede observar cómo fue evolucionado la sociedad rusa, tanto por la proyección que los dirigentes quisieron tener entre sus ciudadanos con el arte palaciego presente en muchas de las piezas expuestas pero que también nos hablan de la historia de Rusia, fundamentalmente a partir del siglo XIX.

El hilo conductor del montaje es de carácter cronológico. La exposición se divide en once secciones, además de un prólogo que sirve para los años anteriores y abordar la época de Iván el Terrible (1530-1584), que estuvo casado con Anastasia Románova, y del zar Teodoro I Ivánovich (1557-1598), cuyo período se ilustra con algunas pinturas de Litovchenko, Pelevin o con el retrato anónimo de Iván el Terrible, que se pintó en la primera mitad del siglo XVIII. De ese preludio se da paso a un período convulso previo a la llegada del primer Románov al trono de Rusia en 1613, Miguel I (1596-1645), gracias a esculturas, iconos y pinturas como la monumental pintura El sitio de la Trinidad-San Sergio, de Vereshchagin o La defensa de la Trinidad-San Sergio, de Miloradovich, óleos de la última década del siglo XIX.

La siguiente sección se centra en la figura del zar Alejo I y ahí se exponen pinturas de Ivanov y de Schwartz pero también lienzos de Wenig que captó a una muchacha rusa para mostrar el vestuario de corte, antes de pasar a la representación de Pedro I, el Grande(1672-1725) con una buena imagen alegórica de la conquista de Azov, el retrato elegante del zar pintado por Antropov hacia 1770 o la máscara funeraria del Pedro I, vaciada en bronce, hecha por F.B. Rastrelli, el arquitecto italiano nacionalizado ruso que diseño el Palacio de Invierno.

Una época muy turbulenta tuvo lugar a partir de Pedro I, con los reinados de Pedro II, Iván VI, Pedro III y de las zarinas Ana Leopóldovna e Isabel Petrovna, con un magnífico iconostasio de la iglesia de Santa Catalina, diseñado por el arquitecto Francesco Bartolomeo Rastrelli y concluido en 1764. Posteriormente el largo período de Catalina II, la Grande (1729-1796), que gobernó el país durante  más de treinta años. El gusto francés se fue imponiendo poco a poco como canon de belleza de la época como se observa en el Retrato del Gran Duque Pablo Petrovich con paje negro, 1765, o en las porcelanas elaboradas en los talleres imperiales de la capital rusa. Y el lustro en que fue zar el hijo de Catalina II, Pablo I, que fue asesinado en 1801.

La invasión napoleonica supuso la reafirmación de Alejandro I (1777-1825), un período representado por porcelanas y por ese retrato del emperador pintado por Georges Dawe, pintor inglés que luego también fijó una sobria imagen de Nicolás I (1796-1855), un zar que centralizó el poder estatal y la autocracia se convirtió en una de sus señas de identidad también política exterior con los fracasos sonados de la guerra de Crimea. Posteriormente encontramos la figura de Alejandro II (1818-1881), que intentó reformas políticas, sociales y económicas e impulsó la emancipación de los siervos decretada en 1861 y la abolición de los castigos corporales. En 1881 murió tras un atentado con bomba.

El penúltimo zar Alejandro III (1845-1894) gozó  de gran popularidad en Europa por sus dotes de hombre pacífico, garante de la seguridad internacional, e impulsor de museos y de instituciones culturales, siendo un gran coleccionista de pintura, que constituyó la base del Museo Ruso. En esta sección destaca el retrato que le hizo Kramskói en 1886. Y por último, Nicolás II, que reinó entre 1894 y 1917, un período de más de dos décadas en las que Rusia tuvo un gran desarrollo económico y cultural pero donde también se produjeron momentos de gran radicalidad social y política con las revoluciones de 1905-1907, luego la guerra con Japón y la Primera Guerra Mundial y, por último, el movimiento revolucionario de 1917, que le hizo abdicar en marzo de ese mismo año. Un año más tarde fue fusilado junto a su familia en Ekaterimburgo.  En ese espacio sobresale el retrato que le hizo Repin hacia 1896, con esa mirada serena en medio de un salón, que contrasta con la escena que fijó Osmerkin con los guardias rojos en el Palacio de Invierno, un óleo de 1927. Julián H. Miranda

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