Los años parisinos de Miró en el Guggenheim

Los años parisinos de Miró en el Guggenheim

El museo bilbaíno inaugura mañana una exposición titulada La realidad absoluta que recoge 25 años de creaciones rompedoras del autor catalán. Un total de 80 obras muestran cómo Miró exploró movimientos de vanguardia como el Dadaísmo o el Surrealismo antes de desarrollar una abstracción propia plagada de signos y constelaciones.   

André Bretón decía que “la suma de la realidad exterior unida a los sueños darían lugar a la realidad absoluta”. Esta idea ha sido el punto de partida del comisario Enrique Juncosa para seleccionar las pinturas ­y dibujos que componen su nueva exposición. La realidad absoluta. 1920-1945 es la primera individual organizada en el Guggenheim Bilbao sobre el artista catalán y recorre 25 años de constante ebullición de ideas durante los años parisinos de Miró.

Se trata de un recorrido por las décadas más prolíficas y experimentales del autor, que vivió 90 años. Comienza con su primer viaje a París, ciudad que en aquel momento era el paraíso de la vanguardia, la intelectualidad y las libertades; para culminar tras la Segunda Guerra Mundial, ya en Mallorca.

Un paseo que nos conduce del realismo mágico al Dadaísmo o el Surrealismo, se asoma al Expresionismo y desemboca en la abstracción, donde culmina con su célebre lenguaje de signos.

“Nunca pensé en hacer una retrospectiva”, confiesa Juncosa  –sobrino-nieto del pintor– “porque fue un artista muy prolífico con mucha obra”. El periodo que ha seleccionado para el desembarco de Miró en el Guggenheim Bilbao encuentra en París su principal pilar, ya que fue allí donde pudo descubrir todo su potencial creador (si bien sus periodos en la capital gala fueron intermitentes).

Joan Miró. Pintura (El sol). 1927. Óleo sobre lienzo. Cortesía The David & Ezra Nahmad Collection. © Sucesió Miró, 2022.

En realidad el inicio de la muestra nos sitúa en Barcelona, hacia finales de 1918-1920. Por aquel entonces pintaba retratos y paisajes rurales con gran delicadeza y cuidada ejecución. Sin embargo, él buscaba algo más. Anhelaba aquello que veía en los ojos de Picabia, el matrimonio Delaunay o Duchamp cuando le hablaban de París.

Ese interés guio por fin sus pasos al país vecino en 1921. Gracias a Picasso pudo establecer su estudio en el 45 de la Rue Blomet, un espacio heredado de Pablo Gargallo que era un hervidero de poetas y artistas (Paul Eluard, Raymond Rousell o René Char, entre ellos). “Siento que un mundo nuevo se abre en mi cerebro”, escribió a un amigo.

Joan Miró. Pintura (Pájaros e insectos). 1938. Óleo sobre lienzo. Albertina, Viena – Sammlung Batliner. © Sucesió Miró, 2022.

Los años que siguen son un constante ir y venir de movimientos de vanguardia. Primero transforma su realismo mágico en composiciones más oníricas. Destruye la estructura narrativa lógica, improvisa y esparce elementos por la superficie del cuadro, como ocurren en El gentleman o Campesino catalán con guitarra.

Asimismo, coquetea con el Dadaísmo, el automatismo o la estética de la fragmentación. Nace así su intención de “asesinar la pintura”, romper con lo establecido y apostar por la anti-pintura, buscando nuevas formas de experimentación.

En 1926 cambia de estudio y en parte también de estilo. El contacto con sus nuevos vecinos –Jean Arp, René Magritte o Max Ernst– le ayuda a seguir evolucionando. Camina hacia la abstracción, pero aún se observa la presencia de formas reconocibles y estilizadas como astros o seres animales que flotan cual emblemas de su nueva realidad.

Una realidad que aúna el aspecto exterior de las cosas y la idea que de ellas se forja en la propia mente del artista. Lo físico y lo soñado. Esa “realidad absoluta” a la que aludía Breton, que tan bien define la producción del artista.

“UNA FORMA NUNCA ES ABSTRACTA, SIEMPRE ES UN HOMBRE, UN PÁJARO O ALGO MÁS”, DIJO MIRÓ EN UNA OCASIÓN

Quizá porque Miró siempre rechazó tanto el realismo tradicional como la abstracción pura. “Una forma nunca es abstracta, siempre es un hombre, un pájaro o algo más”, dijo en una ocasión. De ahí que lienzos como El pájaro de fuego o La estrella posean elementos que nos permiten identificar cada obra.

La década de los treinta viene dominada por la preocupación del artista ante dos episodios históricos fundamentales: la Guerra Civil española y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Ambos conflictos provocan en él un gusto más expresionista, dominado por el gesto incluso sobre el soporte –masonite, papel de lija o celitex – que a veces agujerea y rasca.

Hacia mediados de esa década cambia su exilio parisino por una casa en Varengeville-sur-Mer en Normandía, lugar donde nacen sus famosas Constelaciones. Esta es una serie de 23 lienzos realizados entre 1940 y 1941, que parecen condensar gran parte del legado artístico del pintor. No en vano, causaron un gran impacto cuando se expusieron en 1945 en la galería neoyorquina de Pierre Matisse.

Varias de esas Constelaciones suponen el punto final del recorrido, además de la culminación del lenguaje de signos, pictogramas y petroglifos creado por el artista, uno de los más relevantes del siglo XX. Joan Miró. La realidad absoluta podrá visitarse en el Guggenheim Bilbao hasta el 28 de mayo. Sol G. Moreno

Joan Miró. Pintura (Peinture). 1925. Óleo sobre lienzo. Cortesía The David & Ezra Nahmad Collection © Sucesió Miró, 2022.
Joan Miró. Autorretrato. 1919.Óleo sobre lienzo. Musée national Picasso – París. Donación Picasso, 1978. © Sucesió Miró, 2022. Fotografía : © RMN-Grand Palais (Musée National Picasso-Paris) /Mathieu Rabeau.
Joan Miró. Mujer y pájaro en la noche. 1945. Óleo sobre lienzo. Fundació Joan Miró, Barcelona. Depósito de colección particular. © Sucesió Miró, 2022.