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Un Chagall diferente en el Guggenheim 

A partir de este viernes se podrá visitar en el museo bilbaíno la muestra Chagall. Los años decisivos, 1911−1919, que estudia un periodo fundamental en la carrera del artista. Abarca apenas 8 años de la carrera del ruso que fueron “los primordiales en su vida” según la comisaria, Lucía Aguirre. El recorrido narra su aterrizaje en París y su éxito en la pintura interrumpido por la Primera Guerra Mundial. Gracias a patrocinio de la Fundación BBVA la selección de más de 80 pinturas permanecerá abierta todo el verano hasta el 2 de septiembre.


El visitante podrá descubrir la auténtica vida y personalidad del pintor a través de su universo expresivo y enigmático, poblado por criaturas de su propia mitología, protagonistas de cuentos y poesías; rituales y personajes judíos, y amantes voladores. La capacidad de interpretación es importante a la hora de enfrentarse a uno de sus cuadros, pero este recorrido explica detalladamente muchos datos de su biografía, que están intrínsecos en la pintura. Venía de una familia muy humilde, pero tuvo la suerte de que un abogado de su localidad le pagó el viaje y la manutención en París porque confiaba en su talento. A Chagall se le abrió un nuevo mundo ante sus ojos en la capital francesa, la denominó “Ciudad de la luz”, porque fue lo que le dio luz a su pintura. No obstante, no se dejó conquistar por completo por las vanguardias francesas. Las absorbía, las asimilaba pero después las transformaba en un estilo muy personal. “Es facil apreciar la influencia del cubismo, fauvismo y orfismo en sus lienzos, pero no se encuadra en ningún movimiento, Chagall es Chagall” afirmaba rotundamente la comisaria. Además, la temática e iconografía constante en sus creaciones son las reminiscencias de la tradición popular rusa, y de sus vivencias.

Muy pronto su estilo personal irá cogiendo esencia con las formas abstractas y geométricas que, sumergidas en un experimento cromático, crean un cosmos de ensoñación. El color se convierte en elemento principal de sus composiciones. Cada todo representa un sentimiento del alma. El poeta Guillaume Apollinaire se enamoró de esta característica, lo que le llevará a convertirse en su gran mecenas. Como decíamos, el ruso se dejaba influir por los “ismos”, pero su creatividad era una completa narración de su mundo personal y de su vida. Hablaba mucho de su familia en sus cuadros, de sus padres y de su mujer especialmente.

Uno de los aspectos más importantes de esta selección de años del artista es la experiencia de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución rusa. La marca de estos acontecimientos en sus cuadros nos desvelan un Chagall diferente, que no pinta solo a su mujer volando, o a violinistas, sino que también refleja el sufrimiento de la guerra. Él era de origen judío. Durante esta época convulsa se arraigó más aún a su identidad mediante el folclore y etnografía de su pueblo, dando un protagonismo especial a los judíos en sus escenas.

En estos años, desde la revolución de 1905, los intelectuales y las clases altas judías van consiguiendo algunas libertades que hasta entonces les habían sido negadas. Así, Chagall entra a formar parte de la Sociedad Judía para el desarrollo de las artes (JSEFA) y participa activamente en sus exposiciones. Esta sociedad le encarga importantes proyectos, como los murales para una escuela secundaria, cuyos dibujos preparatorios El cochecito de niño o El carrito (1916-17) están presentes en esta exposición.

Chagall es nombrado en 1918 Comisario de las Artes en Vitebsk, lo que le da autoridad sobre los museos, escuelas de arte o cualquier evento artístico de la región. En estos años vive con su mujer Bella y su hija Ida en su ciudad natal y crea la Escuela del Pueblo del Arte, a la que invita a formar parte a artistas como Lissitzky y Malévich. Los problemas debidos a sus diferencias artísticas y conceptuales no tardan en llegar y, a principios de 1920, Chagall se desvincula del proyecto y abandona Vitebsk, cerrando este decisivo período de su vida.

Nuestro artista consideraba que el mundo interior podía ser mucho más real que el mundo visible o de las apariencias, y consagró su pintura a representarlo. Concibió la vida como una celebración del arte y su arte fue una celebración de la vida, de su belleza y su tragedia, de su cotidianidad y su carácter extraordinario, del amor y la alegría. “No me gustaría ser como los otros; quiero ver un mundo nuevo”, ratificó.

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