ILUSORIOS ESPEJOS EN LA GULBENKIAN DE LISBOA
James Abbott McNeill Whistler. Sinfonía en blanco nº 2. Pequeña mujer blanca. 1864, Óleo sobre tela. Londres, Tate Britain. Legado de Arthur Studd, 1919. Inv N03418

ILUSORIOS ESPEJOS EN LA GULBENKIAN DE LISBOA


 

Coinciden en la National Gallery de Londres y en la Fundación Gulbenkian de Lisboa dos exposiciones originales en torno a los espejos: Reflejos: Van Eyck y los prerrafaelitas en la capital del Reino Unido y Al otro lado del espejo en la capital portuguesa. Dos modos de dialogar con uno de los temas más sugerentes de transitar por el arte europeo en los últimos siglos. En la primera se examinan la influencia que tuvieron las composiciones de Van Eyck en el movimiento prerrafaelita mientras que en las salas temporales de la Gulbenkian se puede ver hasta el 5 de febrero una exposición original, comisariada por Maria Rosa Figueiredo con la colaboración de Leonor Nazaré, que explora la presencia del espejo en el arte europeo sobre todo en la pintura, pero también en la escultura, fotografía, cine y arte del libro, a través de una selección de casi 70 obras.

La muestra testimonia el modo en cómo los artistas utilizaron las infinitas posibilidades visuales de los espejos y su capacidad para conducir a otras dimensiones espirituales, de ilusión o incluso de pesadilla.  Aunque la finalidad más obvia del espejo es la representación fiel de las apariencias, reflejando una visión coherente del mundo, muchos artistas han transitado por la ambigüedad y la fragmentación, con objetivos a veces filosóficos, en detrimento de la representación mimética de la realidad.

En la rigurosa selección realizada por la comisaria se abarca un arco temporal prolongado, que se extiende desde el siglo XIII a la actualidad, con piezas procedentes de colecciones privadas y públicas de varios países de Europa, como el Museo Thyssen-Bornemisza, el Centro de Arte Reina Sofia, el Centre Pompidou, el Fitzwilliam Museum, la Tate, y los Musées de Beaux-Arts de Burdeos y de Lille, entre otros, así como de la propia colección del Museo Calouste Gulbenkian, los préstamos del Museo Nacional de Arte Antiguo, del Museo del Chiado, del Museo Nacional Grão-Vasco, de la Casa de las Historias, del Museo de Ciencia de la Universidad de Coimbra o de colecciones corporativas como la Caja General de Depósitos o la conocida Colección Berardo.

La exposición está dividida en cinco núcleos temáticos: ¿Quién soy yo?. El espejo identitario; El espejo alegórico; La mujer frente al espejo: la proyección del deseo; Espejos que revelan y espejos que mienten;  y El espejo masculino: autorretratos y otras experiencias, que están precedidos por tres figuras introductorias: una escultura que funciona como invitación a la visita, una pintura que introduce el tema de la muestra y un espejo-objeto que proporciona al visitante la ocasión para preguntarse y cuestionarse a sí mismo.

La primera parte, ¿Quién soy yo?: El espejo identitario quiere ser una  interrogación sobre lo que somos y quiénes somos, y eso nos conduce obligatoriamente a una mirada en el espejo. Porque sólo hay verdad en lo que somos o en lo que reinventamos como nuestro cuando nos ponemos en comparación con el «otro». En este núcleo se incluyen temas que representan situaciones de confrontación con el espejo como Espejo de agua, el mito de Narciso, y el estadio del espejo, tanto por parte de los humanos y de algunos animales, con obras maestras de Whistler como Sinfonía en blanco. Pequeña mujer de blanco, un óleo de George Romney titulado Señora Russell y su hijo,  y un acrílico de Jorge Varanda pintado en 1990, entre otras piezas.

En El Espejo Alegórico, el espejo actúa como soporte de una tradición alegórica de amplio espectro, metáfora de vicios y virtudes, de la Vanidad a la Prudencia, del Amor Profano a la Lujuria, pero también del tiempo que pasa y que conduce al envejecimiento y a la muerte inevitable, teniendo siempre a la mujer como intérprete.  Aquí encontramos un magnífico óleo de Simon Vouet, Alegoría de la Prudencia, pintado hacia 1645, una Vanitas de Jan Sanders van Hemessen del siglo XVI y una creación de 1973 de Ana Vieira, síntesis de la modernidad.

Simon Vouet. Alegoría de la Prudencia. 1645. Óleo sobre tela. Legado de François-Xavier Fabre. Museo Fabre de Montpellier. c Museo Fabre de Montpellier. Fotografía: Frédéric Jaulmes

En la tercera parte, La mujer frente al espejo: La proyección del deseo, el concepto de intimidad deriva de una construcción social que ha sufrido cambios profundos a lo largo de los tiempos. Mientras en la Edad Media la idea de intimidad y de puritanismo eran conceptos inexistentes, siendo la toilette femenina un espacio condicionado a un ritual que estaba destinado a una audiencia privilegiada; entre los siglos XVI y XVIII adquirió contornos de una sexualidad implícita, relacionada más directamente con la seducción. El baño, más que una cuestión de higiene, se convirtió en fuente de placer. En el siglo XIX, con la separación efectuada entre la esfera pública y la privada, la mujer adquirió un nuevo sentido de privacidad en su relación consigo misma y con el otro, que priorizó el parecer sobre el ser.

Y de ahí pasamos a Espejos que revelan y los espejos que mienten, un lugar  donde los artistas son capaces de tejer una tela intrincada de mentiras dentro de los límites de sus pantallas. En ese ecosistema se puede fácilmente distorsionar, borrar y manipular la realidad visible, como modo de obtener un escenario específico conducente a una determinada realidad puramente imaginada. Las anamorfosis, que supuestamente fueron inventadas por Leonardo da Vinci y que constituían una diversión muy popular en los siglos XVIII y XIX, podrían ser un buen ejemplo. Es relevante su presencia en esta exposición, ya que establecen la conexión entre arte y conocimiento científico, creando la ilusión de una realidad inexistente. El uso del espejo convexo en la pintura, utilizado por los artistas desde el siglo XV, posibilita el acceso a realidades mucho más allá del campo de visión frente al cuadro. Son como ventanas que nos conducen más allá de la pintura y nos hacen descubrir lo inaccesible, como en el caso de las pinturas famosas de Jan van Eyck y Quentin Metsys. En el ámbito de la pura imaginación incluimos en este núcleo varias obras inspiradas en la Alicia de Al otro lado del Espejo, en particular una pintura de Eduardo Luiz y fotografías de Cecilia Costa y Noé Sendas.

Y por último, El espejo masculino: Autorretratos y otras experiencias, donde el espejo en la pintura ya no es algo exclusivamente utilizado por el género femenino, aunque sean las mujeres las que sigan haciendo más uso. En toda la investigación llevada a cabo por la comisaria y su colaboradora se encontró un único caso de toilette masculino, un hombre que iba a afeitarse, aunque también se descubrió una curiosa pintura de un local de toilette masculino, La Casa de baño de Jacques-Émile Blanche de Maurice Lobre, que se exhibe en la muestra, con el ocupante ausente y una joven que está abandonando ese espacio de intimidad. Además vemos la inesperada pintura de Paula Rego, con un hombre vestido de falda de ajedrez, recreación del Padre Amaro, héroe de Eça de Queiroz.

La relación Hombre-Espejo es algo mayoritariamente visible en los autorretratos, y algunos están presentes en la exposición. El espejo posibilita al pintor hacer un retrato de sí mismo sin recurrir a la memoria, según una tradición que nos retrotrae al siglo XV, en los prolegómenos del Renacimiento. Julián H. Miranda

Harold Gresley. Espejo convexo, 1945. Óleo sobre tela. Derby Museums.
Eduardo Luiz. La mano de Alicia. 1983. Óleo sobre tela. Colección María Isabel Alves da Silva