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Domínguez, Chirino y Millares: tres artistas  en busca de sus raíces aborígenes


La Fundación Arte y Pensamiento Martín Chirino de las Palmas de Gran Canaria presenta su primera exposición temporal en el Castillo de la Luz. En ella reúne medio centenar de obras del pintor tinerfeño surrealista y de los grancanarios informalistas bajo el nexo común de «una mirada insular». 

Dice Martín Chirino que él no hace espirales, sino que «las escribe en el aire». Quizá por eso se considera a sí mismo «un fabulador», narrador de historias esculpidas en la forja a golpe de martillo en las que cuenta el relato de su pueblo y su constante búsqueda de la identidad. Este canario universal ha cumplido ya 92 años, pero su idilio con la espiral de hierro continúa. “Porque aún sigo preguntándome quiénes somos los canarios”, insiste.

Dicha búsqueda del origen cultural isleño es precisamente el hilo conductor de la exposición que ahora presenta la Fundación Arte y Pensamiento Martín Chirino, en la que se muestran obras del propio escultor, además de otras hechas por Manuel Millares y Óscar Domínguez. El comisario Juan Manuel Bonet ha reunido medio centenar de piezas selectas de los tres bajo el subtítulo Una mirada insular, y en ellas explora la huella que la cultura aborigen prehispánica dejó en cada uno de estos creadores.

Se trata de la primera exposición temporal que organiza la fundación, inaugurada hace dos años en el remozado Castillo de la Luz. “Ha sido un placer volver a trabajar con Chirino, con quien ya colaboré en 1989”, recuerda Bonet (actual director del Instituto Cervantes). Martín ha vuelto a confiar en él para iniciar el programa expositivo de la institución que preside, como ya hizo a finales de los 80 con la apertura del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) de Canarias.

Si en aquella ocasión Bonet repasó la expedición de los surrealistas al Nuevo Mundo, ahora centra su atención en otro viaje, esta vez introspectivo: el de tres artistas en busca de su Ítaca natal. Un camino de regreso al origen y a la raíz misma de las tribus bereberes aborígenes –guanches, en el caso de Tenerife– que poblaron el archipiélago antes de la conquista castellana (siglo XV).

Tal vez sea aventurado hablar de Domínguez, Chirino y Millares como integrantes de un movimiento propiamente canario, porque cada uno ha cultivado su propio estilo, pero no cabe duda de que todos ellos buscaron su inspiración en la cultura prehispánica. A fin de cuentas, es algo que mamaron desde niños: primero el tinerfeño, antes de su viaje al París vanguardista –Tenerife posee la mayor necrópolis guanche de las Canarias–, después Millares y Chirino, cuando a los 14 años jugaban juntos al clavo en la Playa de las Canteras, paseaban por la Cueva Pintada de Gáldar o visitaban el Museo Canario.

En esa mirada insular que sirve como hilo conductor de la pinturas y esculturas expuestas, cabe destacar también la importancia de la arena, cuya textura inspira a Millares; el viento, sobre el que Chirino dibuja sus espirales; o la vegetación tropical, especialmente los dragos, el símbolo de Tenerife que tanto fascinó a Domínguez.

No es casualidad, por tanto, que El drago (hacia 1933) sea el punto de partida de la muestra y una de las pinturas fundamentales, junto a Cueva de guanches. Ambas creaciones del autor que vivió las vanguardias históricas vertebran el recorrido, que se inicia en la planta baja con una pieza representativa de cada autor.

Un piso más arriba, este mismo pintor nos introduce en la cultura guanche, a través de sus lienzos surrealistas, a los que acompañan fotografías, carteles y portadas de Gaceta de arte, publicación dirigida por Eduardo Westerdahl. La presencia de estos documentos se explica porque ayudan a contextualizar la cultura artística y literaria isleña durante las primeras décadas del siglo XX. También porque fue Eduardo quien ‘presentó’ a Millares y Chirino la producción de Domínguez (no llegaron a conocerse en persona). Su estela, no obstante, se dejó sentir en los dos artistas de posguerra, informalistas ambos e integrantes del Grupo El Paso.

El segundo piso ofrece un diálogo entre algunos pictogramas de Millares –como Aborigen de Balos (1952)– y los afrocanes de Chirino, donde se percibe de nuevo el interés por el primitivismo. Un capítulo aparte merecen sendas versiones en hierro forjado y madera de Reina Negra, del escultor nonagenario. Han sido cedidas por colecciones particulares para la ocasión y remiten a las formas esquemáticas de los ídolos encontrados en los yacimientos arqueológicos aborígenes.

«Tradición contemporánea». Así es como define Bonet la esencia que emanan estos tres artistas. Pues, a pesar de pertenecer a diferentes generaciones y disciplinas distintas, mantienen un nexo de unión: su mirada insular. Puede descubrirse en el Castillo de la Luz hasta el 1 de octubre. Sol G. Moreno

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