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El poder del Faraón en la civilización egipcia


La Obra Social ‘la Caixa’ con la colaboración del British Museum abre mañana en CaixaForum Madrid la exposición Faraón. Rey de Egipto, que reúne más de 160 piezas del museo británico y que ofrece una mirada exhaustiva a la figura terrenal y divina encarnada por los faraones en el antiguo Egipto. Esta es la tercera muestra conjunta de ambas instituciones tras Los pilares de Europa. La Edad Media en el British Museum y La competición en la antigua Grecia. 

Durante el recorrido de las piezas seleccionadas por Marie Vandenbeusch, comisaria jefe, y Neal Spencer, comisario adjunto, conservador del Departamento del Antiguo Egipto y Sudán los aficionados al arte antiguo podrán admirar el simbolismo y el ideario de los monarcas egipcios, a través de las estatuas monumentales, los relieves de templos, la orfebrería, papiros, las jambas de las puertas o las tapas de un sarcófago, entre otros objetos, que desvelan aspectos de la vida cotidiana pero también la dimensión religiosa de dichos monarcas, verdaderos ejes de una civilización milenaria. Junto a los comisarios han presentado la exposición la directora general adjunta de la Fundación Bancaria ‘la Caixa’, Elisa Durán, y la directora de CaixaForum Madrid, Isabel Fuentes, que han reiterado que este tipo de muestras quieren acercar las culturas milenarias como la de Egipto a la ciudadanía.

En el antiguo Egipto se rendía culto a cientos de dioses y existía la creencia que esas deidades tenían algún vínculo con el faraón y que antes de esa figura política el Imperio había sido gobernado por los dioses. Los faraones ejercieron como sumos sacerdotes y supervisaron la construcción de grandiosos templos para la celebración de rituales. Los entierros reales, bajo las pirámides o en el Valle de los Reyes, se concebían con la intención de garantizar el renacer del faraón como Osiris, señor del inframundo o mundo de los muertos.

Además de esta dimensión divina, el faraón también era percibido y representado como un gran guerrero y estratega militar con la doble misión de mantener la paz interior y de expandir las fronteras, aunque Egipto sufrió derrotas contra los ejércitos romano y nubio y en ocasiones no pudieron evitar tensiones internas entre los pobladores del norte y sur de ese vasto país, en el que hubo guerras civiles y también sufrió la conquista de potencias extranjeras.

En la serie de monumentos y estatuas puede observarse cómo los faraones fueron construyendo sus identidades para proyectar una imagen idealizada de sí mismos, ya fuera como guerreros que protegían Egipto contra sus enemigos, o como adoradores fervientes de los dioses, intermediarios entre ellos y el resto de la humanidad. Sin embargo, ese intento de proyectar una imagen positiva se topaba con una realidad muy compleja. No todos los faraones eran hombres, ni en ocasiones egipcios, como el caso de Alejandro Magno, ni tampoco fue un período de tranquilidad extrema porque se produjeron regicidios y golpes de estado.

Como en otras civilizaciones antiguas los monarcas egipcios adoptaban símbolos reales, bien inscribiendo sus nombres  sus nombres en cartuchos, o llevando en la frente el ureo, una figura de cobra erguida. Hubo algunos que fueron venerados como Tutmosis III, que propició la máxima extensión al imperio egipcio, o Amenhotep I, que tras su muerte fue adorado como un dios, mientras que muchos fueron condenados al olvido como Akenatón, causante de un profundo trastorno religioso al introducir el culto al disco solar de Atón como único dios nacional.

La exposición se articula en diez ámbitos y en el recorrido podemos encontrar algunas piezas y textos de un valor incalculable para arrojar luz de una civilización tan singular y de unos monarcas abordados desde diferentes perspectivas: lo divino y su lugar en la estructura social del país; su vida palaciega junto a su familia; y su labor de gobernante y sus dotes como militar. Todo ello en ese conjunto de estatuas que reflejan el rostro serio, otras que representan la coronación rodeados de dioses, estelas con los brazos cruzados, en alusión a Osiris, o las evocaciones de su vida en el templo, el palacio, las fiestas y su singular modo de transmitir el poder antes de su viaje al más allá, con algunos objetos únicos como la figura del dios halcón Re-Haractes, una cabeza impresionante del faraón Tutmosis III de limolita verde, unas losetas del palacio de Rameses III o un busto de mármol de Alejandro Magno, entre otros muchos.

La primera parte de la muestra, que permanecerá abierta hasta el 20 de enero, está dedicada a la geografía y duración de la civilización egipcia. No en vano los faraones gobernaron Egipto desde el 3000 a. C., aproximadamente, hasta la conquista romana, en el 30 a. C. Durante esos más de 3.000 años hubo muchísimos cambios de índole económica, tecnológica, artística, política y religiosa que transformaron el país. Sin embargo, hubo una característica que permitió que esta monarquía sobreviviera tanto tiempo, la flexibilidad y capacidad de adaptación a numerosas vicisitudes e incluso al condicionamiento geográfico del río Nilo para su desarrollo. El faraón representaba a los dioses en la tierra, manteniendo la maat (orden universal) y protegiendo Egipto de sus enemigos y esta muestra permite conocer los ideales y creencias pero también la realidad que latía debajo de esas ideas.

En Símbolos de poder se refleja la indumentaria del monarca y las joyas que atesoraba para conferirle un rasgo diferenciador con sus súbditos, ya fuera con las coronas con el ejemplo del ureo (cobra erguida en su frente) o con la doble corona,  que combinaba la corona roja del Bajo Egipto y la corona blanca del Alto Egipto, para plasmar el control de las dos partes del país. Cada faraón solía tener cinco nombres reales. Dos de ellos, el nombre de entronización y el de nacimiento, se incluían en sendos cartuchos, es decir, eran rodeados por una cuerda con nudos a modo de protección.

La cuarta sección, Templos: los reyes y los dioses, revela la esencialidad de esa interacción y por eso muchos de ellos fueron ampliados y modificados repetidamente por monarcas sucesivos. A menudo templos preexistentes eran derribados y reutilizados, y los nombres del nuevo faraón se inscribían sobre los anteriores. Del faraón, en tanto que sumo sacerdote, se esperaba que realizase las ceremonias religiosas más importantes, como el ritual diario de hacer ofrendas al dios, vestirlo y alimentarlo. En realidad, estos rituales los desempeñaban numerosos sacerdotes a lo largo y ancho del país. Si todos lo hacían bien, los dioses premiaban a Egipto con la estabilidad y al faraón con un reinado largo y próspero.

Otra faceta relevante son el modo de festejar en la sociedad egipcia. Los templos egipcios albergaban muchas festividades religiosas, y algunas de ellas permitían a la población relacionarse con los dioses, o como mínimo con sus estatuas. Fuera del ámbito de los templos, una de las celebraciones más importantes era la Fiesta Sed, cuyo objetivo era reafirmar los poderes del faraón y su derecho de gobernar Egipto. En ocasiones se veneraba a los antiguos gobernantes al recordar lo que habían hecho en vida, mientras que otros eran eliminados de los registros oficiales como el caso de la reina Hatshepsut, que gobernó como faraón durante un tiempo en lugar de su hijastro Tutmosis III, y de Akhenaton, que provocó graves disturbios religiosos al adorar a un solo dios (el disco solar Atón), entre otros faraones.

Una arista interesante era la vida de la realeza: el palacio y la familia, al ser el marco de rituales y ceremonias y hogar de la familia real, además de una serie de aposentos para invitados del faráon. A diferencia de los templos, construidos en piedra, los palacios se edificaban sobre todo con adobes secados al sol, por lo que se han conservado muy pocos, aunque se han encontrado incrustaciones de colores y pinturas que permiten desvelar su esplendor original. Las familias reales solían ser muy numerosas, ya que el faraón además de la esposa oficial, tenía varias consortes secundarias, ya que a veces los matrimonios concertados con hijas de otros gobernantes extranjeros forjaba alianzas diplomáticas y esas uniones nacían muchos hijos como el caso de Rameses II que con varias esposas tuvo más de 40 hijos y 40 hijas.

La forma de administrar el país también constituye uno de los epígrafes de la exposición, ya que el monarca disponía de un complejo sistema administrativo diseñado para mantener el control religioso, económico y político sobre el país. Para ello contaba con el apoyo de uno o dos visires, que supervisaban una vasta red de escribas, sacerdotes y administradores, que dejaban constancia de sus vidas y las actividades más importantes en las tumbas y templos de todo Egipto. De ellos se sabe bastante, no así de personas que ocupaban un escalón más bajo entre el funcionariado porque la gran mayoría de egipcios eran campesinos.

Los asuntos militares y de política exterior fueron muy importantes para los faraones porque tenian que trabajar para defender el país y para construir un imperio.En muchos templos las fachadas  estaban cubiertas de escenas bélicas, a veces sobresimensionadas, en las que el faraón combatía y aplastaba a sus enemigos. Egipto sufrió varios períodos de guerra civil y fue invadido en muchas ocasiones por ejércitos extranjeros. Nubios, persas, libios, griegos y romanos: todos ellos atacaron y gobernaron en algún momento el país, aunque los registros oficiales egipcios omitían casi siempre estos hechos, descritos, en cambio, en documentos privados, que a veces mencionan batallas perdidas. Otro modo para relacionarse con sus vecinos fueron las alianzas diplomáticas, bien por intercambio de regalos o por matrimonios políticos entre vecinos.

La penúltima sección se dedica a los extranjeros que ocuparon el trono de Egipto, en épocas en que sufrió invasiones  aunque la mayoría de dichos monarcas adoptaron la iconografía y las tradiciones del antiguo Egipto, representándose a sí mismos como faraones, ostentando títulos reales y haciendo uso de los atributos e insignias propios de la realeza, en un intento de ganarse a los egipcios, al mantener la devoción por los dioses egipcios y por ser impulsores de la construcción de grandes templos consagrados a los mismos, sobre todo los grecomacedonios y los emperadores romanos, que veneraban a los dioses egipcios en Egipto, sin abandonar sus creencias en sus países de origen.

Y por último, el tránsito a la vida eterna con la muerte del faraón, en ese viaje al inframundo. En esa travesía los faraones debían tener a su disposición textos mágicos, fórmulas, la decoración de su tumba y su ajuar funerario. Al llegar a la otra vida se asimilaba con el dios Osiris, señor de los muertos y del inframundo, y uno de los gobernantes míticos de Egipto antes de la creación de la humanidad. En las tumbas de los faraones se depositaban objetos de valor: muebles, joyas, y alimentos para manifestar la riqueza y magnificiencia del monarca en ese último hacia la eternidad, y su cuerpo era momificado en un proceso que duraba 70 días. Julián H. Miranda

  • El número 40 de ARS Magazine (octubre. noviembre y diciembre) dedica un largo artículo a esta exposición en CaixaForum Madrid 
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De izquierda a derecha: el director del Área de Cultura de la Fundación Bancaria ”la Caixa”, Ignasi Miró; la comisaria del Departamento del Antiguo Egipto y Sudán del British Museum y comisaria jefe de la exposición, Marie Vandenbeusch; la directora general adjunta de la Fundación Bancaria ”la Caixa”, Elisa Durán; y el comisario adjunto y conservador del Departamento del Antiguo Egipto y Sudán, Neal Spencer, en la inauguración hoy en CaixaForum Madrid de la exposición "Faraón. rey de Egipto"
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