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El diálogo permanente del Sur y el Norte en la obra de Anna-Eva Bergman

El Palacio de Velázquez del Parque del Retiro acoge hasta el 4 de abril De norte a sur, ritmos, una muestra de Anna-Eva Bergman (Estocolmo, 1909 – Grasse, Francia, 1987), cuya obra es una de las propuestas de arte abstracto más singulares de la segunda mitad del siglo XX. Comisariada por Christine Lamothe y Nuria Enguita, la singular exposición ha sido organizada por la Fundació Per Amor a l’ArtBombas Gens Centre d’Art , donde ya se expuso el pasado año, y la Fundación Hartung Bergman, en colaboración con el Museo Reina Sofía.


Aunque en España nunca ha llegado a tener demasiada repercusión, esta prestigiosa artista noruega fue reconocida en vida en buena parte de Europa, si bien es cierto que, tras su muerte en 1987, su figura pasó a un plano más discreto. En 1967 representó a Noruega en la sección de pintura de la Bienal de São Paulo y en 1984 fue nombrada miembro titular de la Academia Europea de las Artes y las Ciencias. Anna-Eva Bergman compartió su vida con el también pintor alemán Hans Hartung, primero entre 1929 y 1938, y luego a partir de 1957 y hasta su muerte en 1987.

El trabajo de Bergman consistió en una particular aproximación al género del paisaje que guarda relación con la abstracción norteamericana de autores como Mark Rothko o Barnett Newman y adentra al espectador en la experiencia del infinito que proporciona la naturaleza.

A través de una selección de 70 obras –algunas de ellas rara vez expuestas en público- realizadas entre 1962 y 1971, la exposición aborda los temas más recurrentes de su producción artística tras una serie de viajes que realizó a España y a Noruega que le influyeron notablemente: el aspecto desértico y la luminosidad de los paisajes; los fiordos y los astros; las montañas y los barcos; los acantilados o las piedras, entre otros motivos.

En la presentación a los medios, el director del Museo Reina Sofía, Manuel Borja-Villel dijo que esta muestra se encuadra en la serie de exposiciones que el Reina está dedicando a mujeres artistas y que en el caso de Anna-Eva Bergman se aproxima a los temas del mundo moderno desde el siglo XVIII, el paisaje. Y añadió que en estas composiciones hay un elemento subjetivo entre lo que quiso representar Bergman y el espectador, al ser paisajes de memoria de su país natal, así como del tiempo lento de la naturaleza.

Nuria Enguita explicó a ARS por teléfono que el trabajo de Anna-Eva Bergman se articula por el ritmo de las formas de la pintura y en ese ritmo es esencial la relación del ser humano con la naturaleza. Su práctica no es puramente una abstracción sino el modo de abstraer. Y subrayó que en su obra se observa su capacidad para conectar el cielo, el horizonte y la tierra porque a ella le interesan mucho los contornos a la hora de representar los barcos, los astros o los fiordos, entre otros motivos.

Anna-Eva Bergman fue innovadora a la hora de experimentar con técnicas y materiales (hojas de metal, pan de oro, plata o cobre, por ejemplo), muchos de ellos no empleados por los artistas de su época, así como por el modo de combinar líneas y colores.

En sus inicios, la obra de Bergman estuvo marcada por la influencia de los artistas alemanes de la Nueva Objetividad, pero, a partir de la década de 1950, su trabajo tuvo un giro radical cuando se centró en la abstracción pictórica, construyendo un universo singular en torno a la línea y el ritmo. El paisaje se convirtió entonces en la referencia esencial de su obra: motivos naturales, mitología escandinava o la luz noruega.

Su viaje a Andalucía en el año 1962 al municipio almeriense de Carboneras fue determinante para su obra. Allí comenzó a elaborar sus primeros horizontes, motivo que le hizo enlazar de nuevo con los paisajes noruegos.

El recorrido de la exposición no sigue una cronología sino que está estructurado en torno a los temas. En la sala central del Palacio Velázquez se pueden contemplar una serie de obras como Paisaje de Noche (1968) o Muro de hielo (1971), que constituyen un preludio de la mayoría de los motivos característicos de la iconografía de la pintora noruega: paisajes, líneas de horizontes, muros y montañas o elementos de la naturaleza como el aire, el agua o el fuego.

En palabras de Nuria Enguita -actual directora del IVAM de Valencia-, “la muestra no es una retrospectiva clásica, sino que recoge una selección de un periodo concreto, 1962-1971, coincidiendo con una serie de viajes de la artista a España y Noruega que traducirá como un diálogo permanente entre el norte y el sur en sus paisajes, formalmente semejantes, pero con una representación del color y la luz muy distinta”.

Los paisajes de Noruega, las gélidas estampas de los fiordos de Finnmark -su provincia más septentrional y oriental-, y los glaciares de su país natal están representados en trabajos como Montaña transparente (1967) y La gran Finnmark en rojo (1966).

Frente a esas composiciones vemos sus cuadros de horizontes, inspirado en los paisajes de Carboneras, como el impresionante lienzo titulado Horizontes (1971), que se exhibe por primera vez tras haber permanecido casi medio siglo en los almacenes donde fue depositado por la artista tras concluirlo. Según Enguita “el horizonte, lugar por excelencia de lo poético, es también aquí lugar de lo político cotidiano. Bergman sintió que esos territorios almerienses le hablaban a su ser más íntimo —por el vacío y la extensión, por sus ausencias—, de forma diferente a la que lo hicieron las leyendas de los sublimes paisajes nórdicos, cristalinos e icónicos. El horizonte es aquí en esta tierra yerma el lugar donde se mira continuamente”.

Además le atrajeron temas como los acantilados y las barcas, ya que estas últimas eran una referencia de las leyendas de Escandinacia, al ser consideradas  un símbolo espectral y mortífero. Por ejemplo en Barca Negra (1971), este motivo se fue transformando en sus cuadros derivando a figuras geométricas elementales, como triángulos o líneas rectas, cuyas formas llenan por completo la superficie de la tela o el papel, de modo que el paisaje resulta excluido, quedando muy poco espacio para el fondo de la composición.

A medida que contemplas muchas de las obras expuestas se desprende la inspiración que para Anna-Eva Bergman supuso España, no solo en Carboneras (1963) sino en esa serie de tinta china sobre papel que denominó  Piedras de Castilla. Este tipo de composiciones recogen la transformación que experimentó el lenguaje formal de la artista durante una década de continuos viajes a la península ibérica y quizá sea uno de los momentos más estelares de una exposición. Tal vez cuando pasen estos días plomizos y regrese el sol otoñal al Palacio de Velázquez podremos disfrutar aún más de sus formas sencillas y de una paleta cromática sobria.

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