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‘Después del 68’ en el Museo de Bellas Artes de Bilbao


1968 fue un año muy convulso en lo político, social y económico por los acontecimientos acaecidos en París, Praga y en varias universidades norteamericanas, y en gran medida fue un punto de inflexión en el devenir cultural del último tercio del siglo XX, trayendo aire fresco y unas mayores ansias de libertad que tuvieron su reflejo en el arte contemporáneo. Ahora el Museo de Bellas Artes de Bilbao acaba de presentar una exposición de larga duración, Después del 68. Arte y prácticas artísticas en el País Vasco 1968-2018, comisariada por Miriam Alzuri, Begoña González y Miguel Zugaza, y patrocinada por Petronor, que supone una revisión pormenorizada de la evolución del arte vasco durante las últimas cinco décadas del arte vasco a través de cerca de 150 obras, con dos pequeños preámbulos  de piezas emblemáticas de Jorge Oteiza, Homenaje a Paul Klee (1955-1956) y Retrato del Espíritu Santo (1958-1959), y otro par de Chillida, Música callada (1955) y Abesti gogorra IV (1964).

Dos años antes de la fecha en que arranca esta muestra, 1966, había nacido el Grupo Gaur, impulsado por Jorge Oteiza, y donde también estaban Chillida, Mendiburu, Ruiz Balerdi, Amable Arias, Sistiaga, Basterretxea y Zumeta, que se convirtió en referente internacional de la actividad plástica vasca de esos años. Poco a poco el lenguaje informalista y de la abstracción constructiva fue perdiendo aliento y fueron surgiendo nuevos movimientos como el pop, el minimalismo y lo conceptual. Y todas esas intenciones nuevas influyeron en la evolución del arte vasco, algo a lo que también contribuyó la puesta en marcha de la Escuela Superior de Bellas Artes de Bilbao y la inauguración del edificio moderno del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

La ambiciosa exposición, que permanecerá abierta hasta el 28 de abril de 2019, reúne alrededor de centenar y medio de piezas, entre pinturas, esculturas, videoarte y obras sobre papel de casi un centenar de artistas de diferentes generaciones, con obras procedentes del propio Museo de Bellas Artes de Bilbao pero también de Artium, de instituciones financieras vascas y de entidades públicas como la Fundación Oteiza o el Koldo Mitxelena, pero también de la Fundación “la Caixa”, del Reina Sofía, del MACBA, del MUSAC, y artistas y coleccionistas particulares, Y junto a ese corpus de obras multidisciplinar ocupa un lugar relevante el patrimonio bibliográfico y documental de la Biblioteca del museo bilbaíno. Los tres comisarios han optado por un discurso cronológico por las cinco décadas, donde las obras expuestas conviven con el rico material documental: folletos, libros, tarjetones y revistas o audiovisuales, y ocupan las salas BBK y dos salas más del museo, lo que indica la amplitud espacial de la exhibición.

La década de los 70 supone un cierto desarrollo del impulso de la Escuela Vasca lanzada hacia 1966 con ejemplos de obras de Xabier Morrás, Aquerreta y Carmelo Ortiz de Elgea, poseedores de un estilo muy. En la escultura hubo un estilo vasco geometrizante, mientras en el plano pictórico hubo un corte generacional entre lo que representaban Sistiaga o Balerdi y lo que supusieron Mari Puri Herrero o Alfonso Gortázar unos años más tarde, tendiendo a una pintura más narrativa, entre lo testimonial y lo urbano, porque no en vano la labor de estos años estuvo marcado por un contexto político, que iba desde los últimos años del franquismo hasta la aprobación de la Constitución española y la puesta en marcha del Estatuto de Autonomía del País Vasco, lo que posibilitó una intención más profesional que la derivada de los acontecimientos históricos. La labor de Juan Carlos Eguillor y Vicente Ameztoy en la revista Euzkadi Sioux fue un reflejo en 1979 de los nuevos retos de los artistas creativos en un debate entre lo global y lo local y el tránsito de la modernidad.

En el País Vasco la crisis de lo moderno durante los años 80 tuvo un desarrollo diferente al resto de España y a los países de nuestro entorno y en ese tránsito hacia la contemporaneidad volvió a emerger la figura ética y artística de un agitador como Jorge Oteiza, que ya no esculpía, pero cuyo influjo resultó decisivo en creadores como Txomin Badiola, en el post-minimalismo, o en lo mítico como Ángel Bados, aunque también se dieron aproximaciones neo-expresionistas en las piezas de José Luis Zumeta o de Juan Luis Goenaga, ya presentes en los años previos, junto a las voces nuevas de Iñaki de la Fuente y Daniel Tamayo, que revalorizaron una plástica de corte narrativo. Todo ese desarrollo fue enriquecido por lo que supuso la Facultad de Bellas Artes de Bilbao en la enseñanza del arte y por la puesta en marcha de ferias como Arteder y algunas otras convocatorias institucionales para artistas noveles.

En esa evolución, la muestra Epílogo en 1990, en el recinto ferial de Tolosa atrajo la mirada de nuevos artistas, entre los que cabría mencionar a Ana Laura Aláez, Gema Intxausti, Dora Salazar, y pintores como José Ramón Amondarain, Luis Candaudap o Edu López, mientras que de los talleres de Arteleku en San Sebastián emergían Itziar Okariz, Sergio Prego o Jon Mikel Euba. Poco a poco, todo un ecosistema expositivo confluía con la Sala Rekalde en Bilbao, Artium en Vitoria y el Koldo Mitxelena en San Sebastián, que completaría un tejido institucional para afirmar la presencia de lo vasco en la escena española e internacional, que unido a apuestas municipales como BilbaoArte, del ayuntamiento bilbaíno, posibilitaron que entre los creadores las fronteras de las disciplinas artísticas fueran cada vez más difusas y transversales como se ve en los casos de Txuspo Poyo o Elena Mendizábal; algunos, sin embargo, siguieron apostando por ser más estables en una disciplina concreta como Prudencio Irazabal, Iñaki Imaz, dentro de lo pictórico, mientras que Javier Pérez y Dora Salazar lo hicieron en la escultórico.

La primera década del siglo XXI parte de la exposición Gaur, Hemen, Orain, organizada por el Museo de Bellas Artes de Bilbao en 2002 que mostraba las reflexiones de un grupo de creadores en torno a los problemas contemporáneos y el diálogo con la continuidad del arte vasco anterior, lo que trajo consigo una idea de espacio pedagógico, aunque luego se fue transformando hacia una variedad de enfoques diferentes tan personales como los de Ibon Aramberri, Asier Mendizábal o Francisco Ruiz Infante. No obstante  hay que subrayar la importancia que tuvo el Museo Guggenheim desde su inauguración en 1997 para cambiar el concepto de Bilbao, de una ciudad industrial hacia una sociedad de servicios.

Diez años después a su lanzamiento el Museo Guggenheim organizó una exposición titulada Cartografías del arte contemporáneo en Euskadi, comisariada por el artista Juan Luis Moraza, que resultó ser un laboratorio de investigación de campo para ilustrar sobre los agentes y su función en el entramado del arte vasco, a la que siguió poco después otra comisariada por Rosa Martínez, Chacun à son goût, con piezas de doce artistas de diferentes lenguajes y disciplinas artísticas en relación con el contexto contemporáneo, rememorando los sentimientos de pertenencia y exclusión- tan en boga hoy-, y  el diálogo entre lo universal que representa la modernidad y el cuestionamiento de las nuevas subjetividades.

Por último, la segunda década de nuestro siglo, que arranca en octubre de 2011 con el alto el fuego de ETA, tan presente en desde los comienzos abarcados en la muestra, y que finalizó en abril de 2018 con la disolución de la banda terrorista. En esa evolución durante 50 años vemos cómo muchos artistas vascos actuales exponen con regularidad en ferias, bienales y galerías de arte de todo el mundo, incluso con residencias prolongadas en países europeos y americanos en una época de alta conectividad y presencia virtual. Bilbao, con la puesta en marcha de la Alhóndiga en 2010 y Tabakalera en San Sebastián seis años después durante la capitalidad cultural de la capital guipuzcoana han contribuido a reforzar los equipamientos expositivos. Muchos artistas jóvenes como Kepa Garraza, Elena Aitzkoa, June Crespo o Lorea Alfaro están optando por la subjetividad e indagan en lo que supone el arte en un mundo tan acelerado y pleno de incertidumbres, mezclando aspectos de la cultura popular con referencias más modernas.

Como epílogo de la exposición, hay una sala dedicada a la música en el País Vasco durante esos 50 años, comisariada por el músico y productor Xabier Erkizia, donde se muestran carátulas de discos, carteles, grabaciones sonoras, en otro recorrido por la memoria de las prácticas visuales y sonoras, donde están presentes los lenguajes musicales, los cambios tecnológicos y los soportes junto a los cambios en la estética visual, pudiendo escuchar canciones y fragmentos de composiciones durante la visita. Julián H. Miranda

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