La guadalupana, un puente entre dos mundos
Gonzalo Eguiguren Gallery presenta, hasta el 19 de enero, El Manto de los pueblos, una exposición que explora cómo las imágenes de la Virgen se transformaron y viajaron desde España a América latina, de ahí a Filipinas, y viceversa.
Que la Virgen de Guadalupe –símbolo de identidad en México– tenga su origen en Cáceres, donde se encuentra su monasterio primigenio, dice mucho de cómo circularon las imágenes devocionales entre España y América. Lo mismo en Filipinas, donde el culto a esta virgen también tuvo su repercusión en las artes (curiosamente, los asiáticos no la conocieron por Europa, sino a través de las riquezas que llegaban del mundo novohispano por medio del Galeón de Manila).
Ese juego a tres bandas de esta figura tan querida en tres continentes demuestra hasta qué punto la vía comercial creada con el Nuevo Mundo no solo llevó consigo cambios económicos, sociales y políticos, sino también una suerte de globalización transoceánica que afectó a todos los ámbitos.
Precisamente bajo la premisa de esa “primera globalización” vivida en el siglo XVII, Gonzalo Eguiguren Gallery ha organizado una exposición titulada El Manto de los pueblos, que explora más de medio centenar de representaciones marianas –en piedra, marfil, cobre, laca, nácar o pintura– que se convirtieron en un laboratorio de traducciones culturales.
La figura de la virgen se vuelve así hilo conductor del recorrido, en un viaje que nos traslada del Aragón donde trabajó el Maestro de Belmonte que da la bienvenida al visitante nada más entrar en la galería, hasta Ciudad de México, donde Miguel Cabrera estableció su modelo de Virgen con Niño, pasando por Perú, Guatemala y Manila.
Decenas de advocaciones relacionadas con la Madre de Jesús, como la Dolores, la Piedad, la Virgen de Pasavensis, la Inmaculada o Nuestra Señora de la Salud de Pátzcuaro muestran la diversidad estilística y técnica de estas imágenes marianas, hechas en materiales como la piedra de Huamanga, el enconchado o el marfil.
A ellas se suman otras escenas curiosas, como el Hogar de Nazaret, donde los personajes bíblicos parecen protagonistas de una escena cotidiana del Virreinato de Nueva España. En la muestra destaca, igualmente, una pequeña pero preciosa Virgen con Niño de Juan Bautista Maíno que nos devuelve a la Península, en un viaje de ida y vuelta donde circularon imágenes, creencias e iconografías.
En ese repaso por las obras dedicadas a la devoción de la Virgen, convertida aquí en puente entre dos mundos y manto metafórico de los pueblos, no podía faltar la guadalupana, que tiene su propio espacio. Y es que el tema da para mucho, como pudimos ver hace unos meses en el Museo del Prado, que le dedicó una exposición en exclusiva.
Cabe buscar los orígenes de esta figura universal en Alía (Cáceres), donde el pastor Gil Cordero tuvo la primera visión de la virgen mientras buscaba una res perdida. Entonces se creó una imagen de María con la tez oscura, coronada y un gran manto que sostiene al Niño, como representación de Reina y Madre de Dios. Una iconografía que aparece en el recorrido gracias a un par de obras: un óleo sobre cobre procedente de Nueva España y una exquisita vitela del taller de la familia Lagarto.
Aquella primera Virgen de Guadalupe cacereña cruzó el Atlántico para adoptar, siglos después, la forma de imagen estampada en una tilma hecha con fibras de agave, ya como la “morenita del Tepeyac”. Varios son los ejemplos que se presentan en la muestra, desde un retablo guatemalteco de hacia 1750, hasta un par de óleos novohispanos (uno firmado por Luis de Texeda y otro por Antonio Delgado). Finalmente, la figura mariana volvió a reconvertirse a su llegada a Filipinas, donde se multiplicaron las representaciones suyas en esculturas de marfil, demostrando que la guadalupana no conoce ni límites ni fronteras. Sol G. Moreno






