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Max Ernst. Juego de ajedrez. 1994. Madera de arce y nogal.

LAS INTERACCIONES ENTRE EL AJEDREZ Y LAS VANGUARDIAS

El ajedrez, un juego que tal y como lo conocemos ahora surgió en Europa en el siglo XV, pero que se remonta al siglo VI en la India, donde convergen la estrategia y la táctica y en cierto modo la lucha de poder sobre un damero. Esta disciplina ha inspirado narraciones memorables como la de Stefan Zweig con esa partida en medio del Atlántico o la inolvidable historia filmada por Bergman en esa lucha que protagonizan un caballero cruzado, interpretado por Max von Sydow, y la Muerte.

Ahora la Fundación Miró de Barcelona presenta en sus salas Fin de partida: Duchamp, el ajedrez y las vanguardias, una original exposición que relee la historia del arte moderno a partir de su interacción con el ajedrez. Patrocinada por la Fundación BBVA y comisariada por Manuel Segade, director del Centro de Arte 2 de mayo de la Comunidad de Madrid, la muestra reúne casi 80 piezas, que abarcan el período 1910 a 1972, procedentes de 45 colecciones públicas y privadas de América, Asia y Europa. “El proyecto trata de explicar las vanguardias a través del filtro del ajedrez” dijo el comisario, “La cultura de este juego pertenece al cénit de las vanguardias” añadió.

Dividida en seis espacios o movimientos, la exposición se inicia con Del ocio familiar al cuadro como joya, donde podemos admirar el óleo La partida de ajedrez, 1910, y los ready-mades de Marcel Duchamp o piezas cubistas como las de Jean Metzinger, antes de desembocar en El ajedrez y el arte para el pueblo, con el constructivismo ruso y ese afán de diseñar lo cotidiano de la Bauhaus, con obras de Paul Klee, Superajedrez; Sonia Delaunay y sus Vestidos simultáneos; y de Kandisnky, Línea completa, una composición de 1923. En El espacio psicoanalítico del tablero late el movimiento surrealista  con piezas de Man Ray o una singular pintura de Mercé Rodoreda, junto a dos obras de Duchamp que ilustran la amistad que sintió el creador francés hacia Joan Miró: una corbata firmada  y la Boite-en-valise, donada a la fundación barcelonesa por la viuda de Duchamp. Este maestro dadaísta cobra especial importancia en la muestra dado que fue un excelente ajedrecista, hasta él mismo reconocía que su gusto por este juego de mesa rozaba la obsesión, pero siempre lo veía con los ojos del arte: “No todos los artistas son ajedrecistas, pero todos los ajedrecistas son artistas” explicó el vanguardista en una ocasión.

En El juego de la guerra se establece una reflexión de cómo el ajedrez permite trabajar la psicología social en tiempos de guerra, ilustrada con  La partida de ajedrez, una innovadora composición de Maria Helena Vieira da Silva que procede del Pompidou, que nos acerca al quinto ámbito: La imaginería del ajedrez, donde encontramos algunos ejemplos de tableros y piezas de vanguardia firmados por Calder, Ernst o Noguchi, en los que el diseño de los elementos transgrede el límite entre el ajedrez y la obra de arte.

Por último, Fin de juego: el ajedrez en los inicios del arte conceptual, con ejemplos que parten del juego tanto para el arte pop o el grupo Fluxus pero que incluyen piezas de Saito, Maciunas o de Yoko Ono, la cual presenta la pieza que cierra el recorrido: un ajedrez blanco cobre una mesa y dos sillas del mismo color que invita a los espectadores a jugar mediante la frase “Ajedrez blanco, juega con confianza”. Con esta pieza la artista hace una alegoría de paz frente a la guerra de Vietnam.

En definitiva, la muestra representa temas relacionados con la historia del ajedrez, donde el tablero se puede entender como un motivo existencialista, muy unido a la política y que a veces crea confusión entre lo que es el propio juego y la realidad.

Hasta el 22 de enero de 2017

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