NÚMERO 27 | JULIO-SEPTIEMBRE 2015

35,00

Entrevista a Jeff Koons; un alabrastro de Alonso Berruguete; investigación: Maestro Alejo; el Pompidou de Málaga; los silencios del maestro (Zurbarán); un país de gigantes; portfolio de Fernando Bermejo; en el estudio de Miguel Villarino; la colección de Adolfo Blanco Osborne.

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| PRESENTACIÓN

EL MEJOR ARTISTA DEL MUNDO

El mejor artista del mundo

Dice Jeff Koons (York, Pensilvania, 1955) que quiere llegar a ser el mejor artista del mundo. Señal cierta de que piensa que aún no lo es. En la entrevista que ha concedido a nuestra revista en su estudio de Chelsea (Nueva York) hace un repaso a su vida, a su formación y al futuro del arte. Pero aunque habla de Picasso, Dalí y Goya, se nota que todo lo que dice y hace tiene un sentido. Sabe lo que es el marketing y la publicidad –también los medios de comunicación– y maneja con maestría un discurso razonable que no tiene nada que ver con sus antiguas y excesivas puestas en escena.

Pero todo artista tiene una trampa, o un reflejo en lo que hace: sus creaciones, su obra. Y así debe ser porque, aunque sus performances a veces resulten pastosas o anticuado su mundo kitsch, sus esculturas poseen un lenguaje que llega al gran público, a ese que acude en masa a ver exposiciones y que sale feliz tras haberlas visto. Así va a ocurrir en su muestra en el Guggenheim de Bilbao. No se trata de que nos gusten o no sus hulks o sus flotadores hinchables de tortugas y delfines. O que critiquemos que, en realidad, esas obras las elaboren una legión de ayudantes –160 personas trabajan en su estudio junto al río Hudson– o que repita a escala sus creaciones, una y otra vez, para dinamitar el concepto de obra única que, por otro lado, ya resulta habitual en el arte contemporáneo. Se trata de que sus trabajos han conseguido el reconocimiento del público y de la crítica, y ¡también del mercado!

Koons es el artista vivo más cotizado. Acaba de cumplir 60 años y, aunque es capaz de destruir una parte de su obra –los cuadros con su mujer Ilona Staller, Cicciolina, tras su separación a principios de los 90– sabe, por ejemplo, que el Guggenheim de Bilbao pagó más de un millón de euros por su gran Puppy y que, por una pieza similar a la que acompaña estas líneas, se pagaron hace unos meses más de 58 millones de dólares (el precio más alto ofrecido por un artista vivo). Lo tiene todo pero… ¿llegará a ser ese genio que él quiere? Tiene tiempo y ganas. Y encima, sabe cómo hacerlo. Pues veremos.

Por Fernando Rayón

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