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EXPOSICIÓN DE 100 OBRAS DE CHAGALL, EL MAESTRO DEL COLOR DEL ARTE MODERNO

La sala de exposiciones de la Fundación Canal toma, por unos días, la forma de una sinagoga. Lo hace para acoger, del mejor modo imaginado, 100 obras sobre papel –aguafuertes, xilografías y litografías– de Marc Chagall, el artista calificado como “maestro del color” y también como el “Picasso judío”. Dicen los que saben de estas cosas que cuando murió Matisse sólo quedó él como verdadero entendido de lo que realmente es el color. Estas obras cubren un periodo de 40 años: desde la década de los 40 a los 80. Proceden de los fondos del Kunstmuseum Pablo Picasso de Munich.

Pese a no ser una persona especialmente religiosa –se declaró siempre ateo–, su obra está impregnada de religiosidad; los símbolos de la fe judía no faltan nunca y, a menudo, mezcla con lo profano (él siempre afirmó que “no habría sido artista si no hubiera sido judío”). Hay una interrelación perfecta entre una y otro. No es extraño pues, que en algunos de sus cuadros pintados en París, figuren santos junto a edificios muy conocidos de la capital.

Ann-Katrin Hann, comisaria de la exposición, ha dividido las 100 obras entre las distintas partes de la improvisada sinagoga. Se comienza en el atrio –presentación de la obra–, continúa por el vestíbulo y la sala de oración –donde, a través de 65 obras, convive lo divino y lo humano–, y se pasa por el santa sanctórum –la Biblia, con 20 trabajos– para terminar en el cementerio (donde se colocan las almas muertas, según Gógol).

Las tres obras situadas en el atrio han sido cuidadosamente elegidas. Paisaje azul, Los tres acróbatas Autorretrato en la ventana, gris preparan al visitante para lo que va a ver. Las tres son importantes, puntos clave de la colección. Hay que contemplarlas con suma atención.

La sala de oración es el lugar donde situar las imágenes en las que lo sagrado y lo profano se fusionan. Junto a escenas de acróbatas y autorretratos, hay representaciones de la Virgen y de Jesús crucificado. Visión mística que le llevó a compararse con Cristo porque “él también estaba crucificado, clavado con clavos al caballete”. También utilizó a Cristo –tenía solo 19 años cuando pintó su primer crucifijo– como muestra de la barbarie nazi y la II Guerra Mundial.

Y llegamos a la Biblia, para Chagall pura poesía. Las piezas están colocadas en un espacio abovedado, alumbradas por una luz tenue. Hay 20 de las 66 litografías y 105 aguafuertes que la forman. Es obra cumbre, donde la pintura moderna y las Sagradas Escrituras hacen amistad y en la que invirtió más de 20 años de esfuerzos y viajes a Palestina, Holanda y España en donde, por cierto, descubrió a El Greco. Alcanzamos así el final de la muestra, con el cementerio, el lugar de Las almas muertas, según la famosa novela de Nikolai Gógol. Fue un encargo que recibió del editor francés Vollard. En sólo 15 obras refleja la tragedia que vivieron los siervos bajo el poder de los zares y la crueldad de los terratenientes.

Abierta hasta el 10 de abril de 2016. María Pura Ramos.

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