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Belleza y equilibrio en los bodegones de Javier Sánchez Bellver


Hoy se ha presentado en la Sala Prado 19 del Ateneo de Madrid la exposición Abundancia y frugalidad del pintor Javier Sánchez Bellver (Madrid,1952), organizada por Lapislázuli, una plataforma que promueve la obra de artistas, edita catálogos y comisaría exposiciones como esta que va a permanecer abierta hasta el 29 de abril. Dicha plataforma editó en 2019 el libro La Vida Quieta y esta exhibición supone un recorrido por la obra plástica de un profesional de la arquitectura como Javier Sánchez Bellver, que ha compaginado su trabajo con la pasión por la pintura y la fotografía, desarrollada durante tres décadas.

Los 35 bodegones dispuestos en tres salas conforman la exhibición y abarcan los últimos ocho años de su producción plástica. En esta travesía se observa la evolución de un creador que apenas ha mostrado su obra con anterioridad, siendo esta su primera individual. Hay en estas obras una investigación estética y un despojamiento en el modo de disponer las flores, verduras, frutas y otros objetos cotidianos, siempre con un lenguaje figurativo sencillo, equilibrado y armónico.

Como escribe en el catálogo el arquitecto y editor de la revista Arquitectura Viva, Luis Fernández Galiano, la obra de Javier Sánchez representa la vida quieta y más adelante dice «que subraya el sosiego con el cromatismo arenoso de los frescos sus composiciones en una línea genealógica que se extiende desde Pompeya a Morandi pasando por Piero». Si se observan con detenimiento sus óleos hay como bien precisa el título de la muestra Abundacia y frugalidad una conexión con algunos de los mejores bodegonistas españoles como Sánchez Cotán en su reducción esencial a esos alimentos terrenales pero también a Fernández el Labrador en su modo de pintar las uvas. Busca la simplicidad y eso engarza con la escuela española.

En la primera sala encontramos diferentes frutas sobre papel de periódico, unos estantes con prensa durante el verano de 2017, bastante ordenados, esa hamaca mecedora, con el periódico ligeramente apoyado mientras  hace una pausa, una silla con libros de arte y diseño a sus pies y otros apilados, con cierto orden inestable, de literatura y ensayo, que no dejan de ser unos fragmentos de aficiones y memoria de vida.

En la siguiente dispone lienzos con granadas en una mesa plegable; tomates de Barbastro dentro y fuera de una caja de madera; albaricoques y ciruelas claudias, saliendo de un cucurucho de papel; melones colgados; tomatigas; judías verdes; quince lombardas; una estantería con puerros; cebollas con cajas;  y varias composiciones con diferentes tipología de jarrones con cardos, flores de algodón o botellas con siemprevivas y otras flores, matricarias y anastasias.

Y en la sala tercera, con cierto eco a Giorgio Morandi, vemos esa caja de panetonne, un conjunto de cajas con volúmenes y sombras, latas recién abiertas con los reflejos de luz desde la izquierda, un tarro de espárragos, cajas y cascos de cristal, esa serie de copas de cristal en una repisa a diferente escala y con otras pendiente de embalaje o desembalaje, un armario despensero con platos de vidrio, y esa silla de madera de director de cine o los marcos de diferentes cromatismos. Toda su pintura recoge la belleza cotidiana sugerida por una visión sencilla de la realidad sentida por un renacentista de nuestro tiempo.

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